Rien que les heures, Alberto Cavalcanti, 1926

Mediometraje del director brasileño Alberto Cavalcanti, un ejemplo de cine experimental de principios del siglo pasado. Un día en París.. Es interesante descubrir cómo desde los inicios la exploración gira en torno a las posibilidades del nuevo medio, con el movimiento y las historias resumidas en pocas imágenes como el clip la de “La fille”, que debería traducirse como “La puta”, que es el significado habitual en francés de la expresión, y no “la chica”, que crea un equívoco.

Represalias y tal

En su instagram, el crítico de El Cultural Nadal Suau publicitaba un artículo suyo publicado en la revista del periodista Mora, ctx/contexto, con el fenomenal título de Una deshonestidad de otro tiempo, en el que respondía a otro artículo de Javier Cercas, titulado Una superstición de nuestro tiempo, en el que este, sin dar el nombre del crítico, arremetía contra su reseña de la novela de su compañero del premio Planeta, Manuel Vilas, Alegría. No he podido leerlo, pues  no estoy abonada a El País. Tampoco he leído las novelas del Planeta, dicho sea de paso. Me enteraba, en parte, del contenido por lo que Nadal Suau reproducía de él para replicarle.

En tono de risa, Nadal Suau se refiere a la insinuación de Cercas sobre los críticos que castigarían a aquellos escritores que osan rebatirles o mostrar su disgusto ante reseñas negativas y/o escritas con mala fe:

y por otro, que esos mismos tipos tienen aterrorizados a sus posibles detractores ante la posibilidad de “represalias”. ¡La Asociación Española de Críticos Literarios imponiendo la omertá en la España Constitucional!

Aquí, Nadal Suau juega a yo soy de Mallorca y estoy en Mallorca, como si la isla le permitiese mantenerse en la inopia y no darse por enterado de que, efectivamente, las represalias existen. Antes, el mismo Nadal Suau apunta al blanco oculto de la diatriba de Javier Cercas, que no podía ser el autor de ese panfleto que no se tiene en pie por ningun lado –salvo el de nuestra condescendencia–, Literatura de izquierda, del argentino Damián Tabarovsky [obsérvese que NS cita a Tabarosvky para rebatirlo en la misma frase; para eso sirve su libro, como un repertorio de contra-citas]:

¿seguro que el apellido Tabarovsky le molestó más que el apellido Echevarría, que también invoqué?),

Y, hala, ya mentó la bicha, como dirían nuestros clásicos. El nombre de I. Echevarría va, efectivamente, unido a tal cantidad de represalias –incluida yo misma– que una tiene la impresión de presenciar no un debate –¡quien lo viera!– sino lo que realmente es: una guerra de posiciones, en la que lo de menos es la buena literatura. No digamos la crítica que en estos momentos no existe. Hay algunos buenos críticos –pongamos Pardo, en Babelia, y los incombustibles Guelbenzu, Santos Villanueva, como profesionales que pueden abrir en canal el libro, no al escritor (diferente de la noción de “autor”, por hablar con alguna precisión). Hay también muy buenos lectores entre los escritores, que de vez en cuando asoman en los suplementos, como Justo Navarro o Marcos Giralt Torrente o Eduardo Lago, por dar tres muy dispares. Pero una corriente de crítica literaria moderna, ahora que ya tenemos “colocados” a todo el nocillaje, ¿dónde está?

De modo que Nadal Suau o es de Mallorca o se hace el de Mallorca porque represalias las hay, y en este punto tiene razón Cercas, aunque les falta decir a todos, al hablar de los premios Planeta, que lo de menos es la literatura –buena, regular, mala u horrorosa–. Ya es curiosa esta tendencia a atacar exclusivamente al escritor de fama como si no fuese una pieza de una maquinaria muy poderosa y no atacar nunca a los que mueven el engranaje de esa maquinaria. Ni una palabra nunca contra las/los agentes literario/as que intervienen en el negociado (eufemismo) de los premios, ni contra los editores que abortan carreras o no defienden a sus escritores –la larga lista de autores que cambian de sello no solo por dinero sino por sentir el respaldo de un/a editor/a que va a saber verbalizar el interés de sus libros y proyectos–. Ni contra el negociado de subvenciones y becas oficiales, que concedió una beca a Vilas de estancia en la Academia de Roma, donde probablemente terminó de escribir la obra premiada por Planeta. Tampoco habla nadie, tampoco ninguno de ellos, de las subvenciones a la traducción de obras españolas, concedidas por Acción Cultural Española, que caen sobre autores extranjeros como Leonardo Padura –más de 30.000 euros para traducir al francés y al alemán su última novela, publicada en Tusquets, propiedad de Planeta, que estrangula económicamente a los colaboradores (como yo), que terminamos con menos capacidad de maniobra que un ciclista de Glovo y similares. De esas tropelías no dice nadie nada.

No sé si es del todo creíble la estampa con que se pinta Nadal Suau como alguien que lucha en pro de la buena literatura y de su independencia con las armas de su buen hacer por 85 míseros euros porque también llama la atención cuántas veces su buen hacer solo se destaca en cuanto apoya a los escritores favoritos de Echevarria –no saca su réplica a Cercas en El Cultural, donde originalmente publicó su (bien argumentada) reseña de Vilas, sino en la revista que acaba de ser condenada a pagar equis cantidad de euros por tratar de manchar la reputación de Resines–; el mismo Echevarria que no tiene el menor reparo en publicitarlos mientras critica que otros hagan lo mismo (léase: pasear a sus amigos por congresos y parrandas similares sufragados con dinero público).

La humilde condición de crítico a tanto la pieza que esgrime NS lo convertirá  o no en diana de represalias según las defensas que el humilde crítico muestre. Al respecto, hay que subrayar que las represalias viajan en todas direcciones: de escritores contra otros escritores, y de estos contra críticos: quienes somos realmente independientes y no nos prestamos a cambalaches recibimos de todos lados. Una mínima reserva, expresada sin violencia, tratando incluso de “salvar” libros que van a ser objeto de críticas durísimas en los periódicos principales; un enfoque inesperado para poder incluir la reseña del libro en una publicación que de otro modo la rechazaría; una negativa a convertirse en la publicista gratuita de tal escritora –así entienden algunas la sororidad–, un artículo más lúcido de lo soportable por los popes, todo vale para ahogar la crítica independiente.

Así tiene razón Nadal Suau cuando observa que la crítica hoy día no está muy boyante. ¡No le echaréis la culpa de ello al coronavirus!

Una breve historia ejemplar
No todos los que están en condiciones de humillar aprovechan la oportunidad de rematar al humillado sino que prefieren recuperar su propia dignidad haciendo justicia. Valga el siguiente recuerdo. En cuarto curso de Literatura española contemporánea, en la Facultad de Filología de la Central (Barcelona), teníamos de profesor al catedrático Antonio Vilanova. Un hombre en la cincuentena, muy serio, trajeado y encorbatado, que ocupaba la tarima con autoridad e impartía el curso con amplio conocimiento y elocuencia. A mitad de curso, rondando el tercer trimestre, se ocupaba de Unamuno, que si las novelas, que si el ensayo, que si el pronunciamiento militar. Unamuno decía algo en sus ensayos y yo no estaba conforme con su planteamiento. Lo discutíamos en el patio algunos alumnos –cuatro especialmente entusiastas– sin llegar a nada. Para mí, la cuestión era indecidible. Pensé que nadie mejor que el profesor de la materia. Un día en clase, alcé la mano y pregunté, Vilanova se indignó, yo aclaré, él volvió a indignarse, mencionó a Proust –a quien yo empezaba a leer–; sin ceder, sintiendo el calor del odio de los que querían pasar la hora sin alteración neuronal, opté por callar y no acaparar la clase. Al terminar, bajó en procesión un grupito de alumnas, conocidas por vestir muy bien, con prendas muy caras, y venir de colegios privados, para decirme que ellas “sí me habían entendido” y creían que yo tenía razón, que bajaban al bar y que si quería ir con ellas. Llegó un examen parcial, entre las preguntas cayó la de Unamuno. Quien me lee ya sabe que nunca me bajo los pantalones, así que yo insistí en lo mío. Resultó que Vilanova no era solo de los que leían de pe a pa los exámenes sino que además comentaba en clase los cinco mejores. Con su voz bien proyectada por todo el aula dijo que le había sorprendido especialmente uno, y volviéndose hacia mí admitió públicamente –delante de más de cien personas– que me había entendido mal. Al final de curso, me encontré con una matrícula de honor. Otra matrícula la recibió una de las chicas “bien vestidas”, quien más de una vez tuvo que digerir el gesto de estupor de alguna profesora, espetándole que “ella” (en su fuero interno: “con ese aspecto”, “con esa ropa”) no “podía” haber hecho ese examen (tan brillante). A veces, los que dicen ser progresistas son más reaccionarios que un serísimo catedrático nacido en los años 20 del siglo pasado.

Mary Ellen Mark, fotógrafa

He visto en instagram que alguien recordaba a la fotógrafa norteamericana Mary Ellen Mark (1949-2015) y he sentido una irrefrenable nostalgia de la fotografía en blanco y negro y curiosidad por revisar la trayectoria y época en que se abrió camino –creo que esta nostalgia de la foto clásica en blanco y negro es algo que repito a menudo en todos mis blogs–. Estos videos permiten conocerla en diferentes épocas y formatos: clip publicitario de Leica, entrevista, conferencia; en el video del medio la presentadora del programa se gasta un tonillo entre escéptico o suficiente –“la fotógrafa se hizo famosa retratando a gente infamous 〈infame〉”–, muy característico de los años ochenta-noventa, cuando el yuppismo propalaba la creencia de que ser rico es la única condición digna del ser humano; no puede extrañar que en esas décadas triunfase Annie Leibovitz, con sus carísimas puestas en escena. El documental más extenso, que por restricciones de edad solo puede verse en Youtube, es del Museo Smithosonian.

Mary Ellen Mark. Courtesy of Fahey/Klein Gallery
Mary Ellen Mark. Courtesy of Fahey/Klein Gallery

En los reportajes – o stories– de Mary Ellen Mark es muy evidente la influencia de Diane Arbus, con una tendencia más mitigada por lo grotesco o monstruoso. Todo fotógrafo tiene una marca de fábrica y es fácil que los “modelos” más listos sepan cómo posar para darle al fotógrafo lo que busca. En el caso de ME Mark parece ser esa mirada entre aturdida, agotada y, por eso, como robado. Obsérvese que Dustin Hoffman como Tootsie es muy listo y le pone esa mirada, lo mismo que los dos señores del retrato en formato cuadrado. Todo ello no quita la calidad, pero es bueno ir observando ciertas inercias.

maryellenmark_cine24Dos imágenes de su trabajo como fotofija. Arriba, Dustin Hoffman prestándose a todos los juegos -después de vestirse de chica, todo lo demás es pan comido– y Jessica Lange poniendo un aire de chica de la América profunda, aunque seguramente estaba tomando mentalmente nota de las destrezas de la ilustre reportera para aplicarla en su propia práctica leiquera. Abajo, un doble retrato de Ralph Bellamy y Don Ameche vestidos como sus personajes en Trading Places. (1983) y otro de Francis Ford Coppola durante el rodaje de Apocalypse Now (las cuatro fotos proceden de la revista 35milimetros.org)

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¡si lo sé no vengo!

Cifuentes, absuelta; Hasél, a la cárcel

Hasel policias

«Puedo escribir los versos más burdos esta noche…» dijo el poeta… Pero de ahí a ir a la cárcel…

El rapero Hasél entraba hoy en la cárcel condenado por haber escrito, y publicado, textos injuriosos contra el Rey y una serie de twitters que los jueces han considerado “enaltecimiento del terrorismo”. Abajo, Cristina Cifuentes, la mentora de la actual presidenta de la Comunidad de Madrid, con un atuendo en que cualquier semiólogo aficionado lee su capacidad adquisitiva, sale absuelta del “delito de falsedad documental”, el escandalazo por el  falso máster concedido por una universidad privada de orientación derechista ( la Rey Juan Carlos). La burbuja de la titulitis universitaria, que sufrimos en España en los últimos 20 años, llevada a su apogeo surrealista.
Ayer, las televisiones emitían imágenes de un puñado de fascistas en Madrid enalteciendo el franquismo y las gestas de la División Azul en un discurso a la vez absurdamente desfasado y vigorosamente amenazador.
Parece que en los dos extremos del espectro político español hay una feroz nostalgia del pasado…
A Leonor de Borbón le conviene hacer los deberes en su nuevo colegio y plantearse qué quiere ser de mayor: no puede alimentarse mucho tiempo más la frustración de las clases empobrecidas (en las que incluyo al 90% de las personas que trato) sin que se produzcan tensiones.

Cifuentes de azul

Días después… los periódicos publican nuevas condenas a Hasél. En este caso, con amenazas de muerte por medio. Entretanto, chavales en la calle con la pantomima habitual de contenedores incendiados, caras cubiertas, seudoguerrilla urbana, mossos armados, una mujer que pierde un ojo por disparo de bala de goma… Últimamente, cuando leo este tipo de noticias, me acuerdo de lo que relata en la biografía de Lacan E. Roudinesco: que el psicoanalista consiguió, en el contexto difícil de los años 60, que varios jóvenes renunciaran a entrar en la lucha armada.
En los próximos meses, los especialistas en salud mental van a tener que ponerse al día en formación y actualizar sus tarifas para tratar a una población fatigada, deprimida y empobrecida.

Proyectos (1983-2020) Manolo Laguillo

Diagonal – plaza Francesc Macià durante el primer confinamiento.

Texto de presentación:
«De entre las diversas series que se exhiben destacan Japón 2014; Beirut 2017; Chicago 2019; El estrecho de Gibraltar 2018-2019, y, sobre todo, Las provincias 2014-2015 —una propuesta con 64 dípticos acerca de ocho ciudades de la geografía peninsular que auspició el Museo Universidad de Navarra—, así como Abril 2020. Barcelona, trabajo realizado durante el confinamiento y que se enseña por primera vez en La Virreina Centre de la Imatge.
Con motivo de Manolo Laguillo. Proyectos (1983-2020), se publica el libro Pseudopanorama, cuya edición ha corrido a cargo de Moritz Küng.»

Vista de la Via Laietana con el edificio de La Caixa en el centro

Salas semivacías, sigue el estado de alarma

Esta semana termina la exposición de Manolo Laguillo en el Palau de la Virreina, en Ramblas. Es un recorrido en retrospectiva sobre su temática central, espacios arquitectónicos, por lo general urbanos, en un blanco y negro trabajado siempre según el sistema de zonas –Laguillo es un especialista en la disciplina, profesor universitario, además de traductor de alemán–. Presenta varias series, incluidas algunas de los años 90, como el reportaje comisionado por el gobierno francés para documentar paisajes poco tratados fotográficamente, al que dedica un epígrafe de Flaubert muy bien elegido, el que señala que para encontrar interés en algo basta con mirar el tiempo suficiente; la serie que más me ha interesado ha sido la dedicada a la Barcelona vacía durante la pandemia, de las que aquí incluyo algunas. Por la especial planificación urbana de nuestra ciudad, la composición de amplias perspectivas sugiere la idea de una ciudad boquiabierta, pasmada.

¡Por una polla muerta!

gallos de pelea silueta

¡Cuánto artículo y ruido por una polla muerta! Lo que vuelve a quedar claro es que para los que controlan el cotarro las pollas y los culos de la burguesía disfrazada de moderna siempre valdrán más que la mera y simple decencia.
No voy a dedicar un minuto más a comentar la peripecia de Gil de Biedma, quien seguramente tenía calculado el efecto del episodio del chaval en Filipinas [por un perro que maté, mataperros me llamaron], pero sí a subrayar el mucho tiempo dedicado a defender a personajes de ficción –la polémica sobre Lolita y Nabokov estirada hasta hacerse vomitiva en la exposición de obviedades–, a figuras muertas y más que celebradas ya, y lo poco que se habla de la censura de ahora mismo, y de la falta de transparencia en decisiones económicas sufragadas con dinero de TODOS los españoles, incluidos los que no leen.

morning show poster Me sorprendió esta serie porque, entre elementos exagerados y con interpretaciones histriónicas, aborda con acierto el problema del dominio y la coacción sexual en el trabajo en esos ámbitos liberales donde, como los tíos son tan guays y sus sueldos los vuelven tan guays, dan por seguro que las chicas, tan guapas y modernas, tan liberadas y con tanto título superferolítico, tan ambiciosas y lagartas, consideran normal bajarse las bragas a poco que el jefe lo pida… o sin pedirlo: con alargar la mano, todo el territorio es de su propiedad.
En uno de los episodios, una exempleada del equipo del programa de televisión relata llorosa cómo el ambiente del grupo predisponía a valorizar estas conductas y a no ver –o fingir que no se veía– cuánto había de coacción y de explotación de la frágil posición de las empleadas, a las que se degradaba de inmediato, es decir coincidiendo con la pérdida de interés del gallo del corral.
Lo mismo pasa aquí con la gauche divine, pero a fe mía que nadie publicaría la novela o el relato con el detalle de ese cerco, acoso y hundimiento del abusado (hombre o mujer).
El tema fundamental de la serie, los efectos de la corriente MeToo en la sociedad norteameriana y cómo repercute entre las empresas que crean y manipulan la opinión pública, va de la mano de un tema siempre vinculado a los medios de comunicación: en qué medida revelar la verdad, o una verdad, vale el riesgo y las consecuencias. Este problema está encarnado por la protagonista, Bradley Jackson, interpretada por Reese Whiterspoon, alguien que carga en su “mochila personal” con la culpa por haber denunciado a su padre, culpable de haber atropellado a otra persona  mientras se encontraba “en estado de embriaguez”. Se nos está diciendo que, ya desde muy joven, su personal concepto de actuar con ética implica llegar a denunciar a su propio padre (asegura que para evitar la repetición del accidente). Lo que da en llamarse el “arco de evolución del personaje” por fuerza tendrá que mostrar si las experiencias en las que ella participa la conducen a modificar o flexibilizar su búsqueda de la verdad a cualquier precio.
Que las series funcionen como mecanismos bien engrasados depende de detalles que permitirán ser leídos según la lógica de la moral –o “mensaje” en lengua coloquial– que se pretende transmitir. Así, cuando la periodista negra, Hannah –Gugu Mbatha-Raw– localiza en su casa a Bradley –tras hacerse viral una grabación en la que se la ve perdiendo los estribos frente a otro colega y vociferando una parrafada sobre el sufrimiento de la clase obrera, en lucha en ese momento–, la trama juega con la idea de la productora eficiente capaz de localizar a cualquiera; en su satisfacción y el tono persuasivo se entiende: “te localicé, te cacé en tu madriguera”, cuando en los sucesivos episodios veremos que a quien ha encontrado es justamente a quien va a dejarla sin escapatoria frente a esa verdad que en aras de un bien general –demostrar la culpabilidad del acosador interpretador por Steve Carell– supuestamente se sitúa por encima del derecho a la propia imagen de las víctimas.
Naturalmente, otro aspecto del guion y que puede considerarse como un leit-motiv de la “construcción” narrativa es cómo actúa el elemento nuevo y extraño que desencaja los automatismos de una maquinaria –la llegada de la tal Bradley Jackson y sus modos propios del periodismo de batalla introducidos en un programa de entretenimiento masivo–. Los efectos de las acciones de cada persona están planteadas como en el juego de billar donde el golpe de una bola puede dar carambolas y/o llevar a otro al hoyo. Y si en apariencia es la “autenticidad” temperamental de B.Jackson lo que determina una intensificación y el revelado de los conflictos latentes en el grupo, lo que también vemos es que el nuevo director tiene un plan y está manejando a sus empleados como a marionetas para ejecutar el plan de limpieza y control general que se  ha propuesto. En este sentido, está claro que esa lectura cínica –los grandes medios utilizan las tendencias y corrientes de indignación de la masa lectora para sus propios fines siempre que dispongan del capital para hacerlo– se conforma mejor con lo que vemos todos los días. Por eso mismo, el flirteo entre la periodista polvorilla y el Superjefe molón tiene el incentivo de averiguar no si ella acabará liada con él para demostrar que las afinidades personales están por encima de las clases sociales sino si él ha tendido una red para zampársela cuando le convenga. Ya se verá.