Mentira y verdad de una portada

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Ahora que Ignacio Echevarría saca libro sobre Claudio López y todo son panegíricos sobre el editor, creo que merece la pena traer algunos recuerdos que, por razones que solo algún psicoanalista realmente bueno acertaría a explicar, quedaron relegados en mi memoria hasta hace poco, cuando he tenido demasiado tiempo para pensar. Echevarría afirma que mantenía Claudio “cálidas relaciones” con los escritores. Es difícil explicar cabalmente lo que sucedió porque corresponde a un momento de mi vida muy difícil. Algunos detalles de contexto. Sirva esta equivalencia: Rocío Carrasco está ocupando todas las portadas con el relato de su suicidio -afortunadamente fallido– por depresión prolongada y gracias a ella se empieza a hablar del tema; yo pasé un año entero comentando en mi entorno -que entonces era amplio y variado aunque también disperso fuera de Barcelona y de España- que estaba preocupada porque mi madre había escenificado un intento de suicidio y que tenía motivos para pensar que iba en serio, pero nadie me hizo caso; incluso la pseudopsicóloga a la que yo consultaba quincenalmente hablaba de fingimiento y la pobre imbécil no habló de “mitomanía” o de “narcisismo” porque estoy segura de que ignoraba los términos y los conceptos. Esto ocurrió en el 94 y en el 95 se suicidó. Otro detalle relevante que creo de interés para las personas que se encuentran cerca de otras con tendencias suicidas es que, al contrario de lo que se asegura últimamente, las noticias de suicidio sí provocan un efecto de imitación en personas predispuestas o que están en la llamada “fase de ideación”. Una tarde acompañé a mi madre al abogado que llevaba –supuestamente, ya que en realidad la estaba distrayendo y trabajaba a favor de la otra parte, el tipo al que abandonó en Sant Cugat, acusado por abuso sexual y violencia; condenado a la cárcel y que salió porque nosotras accedimos expresamente, a cambio de que no nos molestara más– el caso por la propiedad del piso de Sant Cugat. En un momento, el infame abogado comentó delante de mi madre que el hermano del sujeto en cuestión se había suicidado de equis manera al salir de la cárcel, donde estuvo interno por violación continuada (de su secretaria de la tienda de muebles de la que era propietario); según parece, en esa familia había cierta tendencia a la delincuencia. Interrumpí al abogado -tenía yo 33 años y me había quedado en los huesos, literalmente pues no llegaba a pesar 45 kilos, a causa del estrés por los impagos y retrasos, trabajando con editoriales y empresas de renombre más de 9 horas al día–, dije que de ese tema no se hablaba, conocedora del efecto mimético que tienen este tipo de noticias, pues este episodio se producía ya con posterioridad al simulacro de ella. Resultó que al cabo de unas semanas volvió al  despacho del abogado, se encontró allí a la viuda del suicida, quien le relató con detalle los hechos y pocos días después mi madre elegía el mismo método. Repito que en mi entorno, entonces bastante amplio y diverso, nadie prestó atención a lo que yo decía y el único que sí prestó oído no tardó en huir como seguido por el diablo. Las madres de todos ellos eran como muebles, era impensable que tuvieran una existencia propia o deseos al margen de los supeditados a la maternidad.

Ahora tengo que hacer una larga elipsis para relatar que estaba yo colaborando como free-lance en el Dpt. de No-Ficción cuando, apenas cuatro meses después de morir mi madre, el editor Antoni Munné empezó a hacerme insinuaciones que no tardaron en hacerse muy claras sobre qué quería. Mi entorno, al que conté lo que iba sucediendo, se mostró escandalizado y se hicieron comentarios tipo: “pero cómo puede pasarte eso a ti, una persona tan seria” “qué mala suerte, en este preciso momento, y a ti, precisamente a ti”. Planeta era la única editorial que por entonces pagaba a 15 días.

Para salir de esta situación, terminé una novela que llevaba ya cierto tiempo en el cajón y cuando tuve el comentario positivo de tres personas cuya opinión contaba, entre ellas la de Echevarria, me decidí a enviarla a un par de editoriales. Claudio López respondió a los 10 días del envío. Yo estaba acostumbrada a tratar con gente muy inteligente, en algún caso excepcionalmente inteligente, por lo que me chocó su manera de hablarme y de tratarme. Como sabía que Herralde no me iba a publicar –no soy una niña pija y mi novela no se enfocaba como historia culera, sino que trata de dignificar una experiencia de degradación en un caso, de anulación en otro–, cuando Claudio mostró interés me pareció que podía salir del agujero en el que estaba hundida. Enseguida me decepcionó: el contrato rácano, las prisas e impaciencias, los comentarios superficiales, las propuestas de corregir esto o aquello. Paso por alto también la “desaparición” del responsable de prensa, con los plantones que me dio, de modo que fueron las chicas de Anagrama quienes me aconsejaron cómo manejarme en la presentación de la novela. Esta no pudo ser más decepcionante, aunque ahora conociendo mejor el paisaje intelectual español no me extraña lo más mínimo.

Creo que en total llegué a hablar con Claudio no más de una hora sumando todos los momentos, incluidos los que tuvieron lugar por teléfono.
Y llego al tema de la portada. Tenía que llevar fotos para elegir la que iría al frente. Llevé dentro de un sobre para no extraviarlas unas siete u ocho, incluidas algunas que de ningún modo podrían servir para ilustrar nada. Entre estas, dos en las que mi madre aparece joven, veinteañera, en una terraza de la Costa Azul en una casa particular pues hay ropa interior tendida, demasiado grande para ser suya, y en una de las dos fotos, tamaño 13 x 18, que claramente formaban una serie de un carrete de 24 o 36 fotogramas, se la ve poco o nada favorecida, en un gesto como a medio acabar.  Lleva el pelo largo suelto, un pareo y está, por lo que sugiere la nota en el reverso, haciendo una imitación de Brigitte Bardot, la diva del momento y coetánea.

Las fotos estaban encima de la mesa, en la reunión estaba junto con Claudio el diseñador de la colección. Claudio señaló la foto en la que, insisto, no se la veía favorecida y dijo: “¡Esta, esta!” en tono de burla, el otro, del que no recuerdo ningún rasgo, se rió. Al cabo de unos segundos, Claudio se dio cuenta de que estaba yo presente y de que se estaba riendo de mi madre –él no sabía que se había suicidado, pues entre tantas cosas que Echevarria le pudo comentar sobre mí obvió este detalle, al parecer intrascendente– delante de mí, le dio un codazo al colega y recuperaron la compostura como chavales traviesos en un cole de curas. Enseguida, como al parecer era su costumbre, se levantó, dejó el asunto en manos del diseñador para que este continuara conmigo, y salió del despacho.
Ese era un buen momento para no publicar, me dije hace poco, salvo que el contrato ya estaba firmado y no era yo aficionada a los aspavientos y el fin último, que solo logré al cambiar de número de teléfono, era alejar a Munné.
Al cabo de unos meses, durante el brevísimo periodo en que hice lecturas para Mondadori, me dijo que tenía la foto de la portada, de la que el diseñador había  sacado una copia más grande y tratado con anilinas, y me la daba. Me sorprendí respondiéndole: “¡No, ¡quédatela tú!”. Como era también al parecer su costumbre, aunque a mí me sorprendía el trato, se medio enojó, la recogí, me la llevé a casa, la guardé no sé dónde y ahí perdida anda.

Como en ningún momento, ni  durante el proceso de publicación ni después, se habló en serio de la novela –por no mencionar las ridículas reseñas firmadas por Obiols y Santos en El País y ABC respectivamente–, ni se me trató como a una persona adulta, es natural que nadie sepa que el título, además de aludir a la idea de ficción, connatural a la mentira y a la fabulación, es simétrico de una muy buena película francesa protagonizada por Brigitte Bardot, La vérité [La verdad], dirigida por Herni-Georges Clouzot. Quien conozca su argumento y desarrollo sabrá que los paralelismos con mi novela permiten una reflexión sobre los juicios categóricos que hacemos sobre personas de las que disponemos de muy escasa información.
Si alguien se pregunta por qué no he publicado nada más, solo tiene que multiplicar escenas similares a la de la burla de Claudio y el colega por más de veinte años por todo tipo de personas y ahí tendrá una respuesta.

En cuanto al problema del suicidio en España y de la falta de ayuda y asesoramiento a los familiares preocupados y angustiados que, como yo, han vivido desde la infancia con personas de manifiestas tendencias suicidas –puedo recordar en detalle varios episodios–, que no recibieron diagnóstico, tratamiento ni, en consecuencia, seguimiento, lo más sensato es pedir al gobierno o a las autoridades locales que ofrezcan ya los recursos adecuados. Piénsese que las personas deprimidas que hacen varios conatos de suicidio, o amenazan con suicidarse repetidamente, provocan al cabo de un tiempo un efecto de insensibilización, no porque no importe el asunto sino, al contrario, porque conviene mantener la calma, algo bastante difícil cuando la vida de una persona joven, o menor de edad, lleva años condicionada por una amenaza inconcreta pero persistente.

Hay una petición en CHANGE.ORG que describe bien el problema. Yo he firmado.