Chirbes y los tartufos

Chirbes-Lucha final

Me ha llamado la atención este verano que los que recomiendan algo de Chirbes se limitan a Crematorio dando la impresión de no haber leído nada más del de Tavernes. En la Correspondencia del editor de Anagrama con sus autores y un sinfín de gente del mundillo, que ha editado Jordi Gracia, leí un extracto donde Herralde se mostraba poco inclinado a publicar una novela de Chirbes titulada En la lucha final. La leí hace muchos años, y me pareció la típica historia que se estilaba en el momento, una pintura cargada de tópicos acerca de la nueva clase social aupada por el PSOE, esa que había olvidado su compromiso con los idealismos de izquierda y la lucha antifranquista. Esta novela incluye una subtrama sobre un escritor falto de inspiración que plagiaba el libro de otro y al publicarlo se veía delatado porque otro más-o-menos-escritor había aprovechado la misma obra. Me sorprende que nunca nadie hable de esta novela y que Marta Sanz no comente otros libros del valenciano. Quienes sepan leer más allá de la literalidad, como se espera de lectores adultos y avezados, habrán observado que Un detective no se casa jamás, de la Sanz, es en parte un homenaje al Crematorio de Chirbes, o mejor dicho a la Valencia espléndida que allí se exalta. También es llamativo que alguien que centró prácticamente toda su obra en Valencia, nombrada como Misent, siempre descrita en tonos sombríos, no hubiese caído antes en el valor literario y simbólico de su luz mediterránea. Porque no era vivencia suya. Porque tuvo que encontrarlo en mi texto para caer en el juego que podía dar. En sus últimas novelas, tras el  éxito de Crematorio, la crítica volvió a destacar la negrura de los ambientes que pintaba.
A Chirbes le ha ocurrido lo que al personaje de su novela, que el plagio del mismo texto por parte de un tercero delata el suyo. En claro: que Padura delata a Chirbes. Sin embargo, Chirbes robó más porque robó todo y luego lo reacomodó -por utilizar la terminología cubana sobre plagios no literales.

De momento estos detalles:

  • en  La playa, p. 48 del mecanoscrito : «Te voy a prestar las llaves del apartamento de la playa en Cullera, dijo, decidiéndose por fin a dar un paso más. Te instalas con la chiquilla y te quedas quince días, yo pasaré a veros los miércoles por la tarde y los viernes, tomáis el sol, coméis bien, si te falta dinero, déjale una cuenta abierta a la del súper que ya la saldaré yo,…»
  • en Crematorio, p. 249 y s.: «Mañana te traigo el dinero, le dice, lo guardas tú, para que veas, tú guardas el dinero […] Le propone irse del club al día siguiente. He preparado uno de los pisos libres de la empresa de un conocido para que Lola pueda instalarse un tiempo. Luego ya pensará algo.»
  • Padura tenía que llenar páginas y más páginas y él o sus negros embuchan material sin ton ni son. En la pág. 547 uno de los protagonistas, Darío, un médico cubano que ha prosperado en Cataluña, pasa el día o la mañana en la playa con la familia. El hijo –que no es de la catalana con la que vive– se ha echado una novia extranjera y varios momentos de la escena son un reacomodo del capítulo que publica JotDown en su número 36. También aqui vemos que le propone a su interlocutor un plan y enumera lo que van a hacer de antemano: «-Porque estaba pensando que yo podía llevarte. Tú y yo solos. Nos vamos en mi carro, almorzamos en algún lugar bonito, alquilamos un hotelito y dormimos la siesta, que sabes que me encanta, nos bañamos y luego seguimos hasta Toulouse. Allá comemos en un restaurante bueno con vino y quesos franceses, llamamos a Marquitos, y después te dejo en tu residencia de la universidad y me voy a un hotel. El domingo por la mañana desayunamos juntos, con croissants de verdad, y yo regreso y estoy aquí por la noche.»

Obsérvese que lo que dice no tiene demasiado sentido, porque ir a Francia y comer quesos franceses es de esperar. En cuanto a croissants de verdad también ha sido fácil encontrarlos en Barcelona en las últimas décadas. Pero el ritmo y el tono es lo que cuenta. Esto puede parecer poco -y es poco respecto a lo de Chirbes–, pero la prueba de que Padura no sabe ni qué dice se refleja en muchas páginas. En mi novela se habla desde el principio de los actores de los años 60 y es una referencia medular a lo que se cuenta. En Como polvo en el viento, en el capítulo mencionado, que arranca con un contundente «Los veranos son calientes en Segur de Calafell» (pág. 528)  también le da por hablar de «la potencia del sol y la plenitud del verano». Al igual que para Chirbes -que naturalmente extrajo de mi  novela inacabada y por ello inédita–, allí «Todo parece tan perfecto que casi no se puede pedir más» y, por lo mismo, al doctor Martínez le da por rememorar una evocación que lo entretuvo recién llegado a nuestros lares: «recién salido de Cuba, y una tarde vio atracar en la marina de Sitges un bote que lo remitió de inmediato a una secuencia para él inolvidable de A pleno sol, ese momento en que Alain Delon, Maurice Ronet y la rutilante Marie Laforet [poco rutilante en esta película donde pasa el rato sufriendo] llegan a un embarcadero y bajan al espigón, todo tan bello. Y recordó que en la película Delon lleva unos mocasines sin medias, como él decidió en ese instante que siempre se debía ir calzado en esos sitios de ensueño existentes en la realidad. La realidad de la parte del mundo que desde entonces sería el escenario de su vida.»

Esta escena no tiene ni pies ni cabeza y me pregunto cuándo pudo verse en Cuba películas como Plein soleil; de estreno no sería por la edad del personaje y las reflexiones de anticipada nostalgia capitalista son absurdas pretendiendo ser hedonistas.
Por cierto, que la necesidad –seguramente dictada desde la editorial– de llenar y llenar páginas, y la de quien escribió de darle un tono «elevado», «literario», lleva a frases como la que sigue, en la p. 308: «Horacio se empeñó en la búsqueda de algún indicio capaz de orientarlo hacia un descubrimiento que necesitaba y, a la vez, temía realizar»
.

Antes de este episodio tenemos a una de las protagonistas, «la que se queda en la isla acompañando exilios con la memoria, alimentándose de exilios y de fugas» [la playa, p.96], Padura se enreda en el tono caviloso y llega agotado a la p. 398, por lo que termina un párrafo «Porque nunca nos bañamos dos veces en las mismas aguas de un río, y si así fuera, resultaría demasido aburrido», que guarda cierto parecido con «también porque cada cierto tiempo vuelven las viejas olas en que nos bañamos una vez, y traen residuos que arrojamos, basura convertida en indicio de nuestros deseos». (LP, p.75), que Chirbes puso así: «Cada vez que se acaba una etapa de ideas más o menos racionales, vuelven las viejas supersticiones con renovada energía» (Crematorio, p. 93).

Hay mucho más, pero lo dejo aquí por hoy.

1 comentario en “Chirbes y los tartufos

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