Al borde de todo: La piscina, de Jacques Deray

Delon con las gafas de sol Vuarnet 06 de Dior


Ya puede leerse en Jotdown mi artículo dedicado a la película de J. Deray, protagonizada por Alain Delon, Romy Schneider, Maurice Ronet y Jane Birkin. Tiene una segunda parte dedicada al remake de Luca Guadagnino, A Bigger Splash, que se publicará en las próximas semanas. La piscina tiene más miga de lo que parece; justo lo contrario de la de Guadagnino, que siempre se queda al borde de todo, es decir al borde de lo que importa.

Varios carteles de la película. El de abajo es claramente “inspiración Hockney”Delon tuvo ojo como productor: impuso a Romy como partenaire. De aquí saldría una actriz nueva. Claude Sautet pidió a Deray ver escenas en el montaje, pues le habían llegado comentarios de lo bien que estaba Romy y andaba buscando actriz para su próxima película.  A La piscina tenemos que agradecerle, por lo menos, Las cosas de la vida, Max y los chatarreros, Lo importante es amar… Marianne (Romy Schneider) y Harry (Maurice Ronet) salen a hacer las compras a Saint Tropez mientras Jean Paul se queda en casa. Los viejos amantes hablan de las frustraciones de Jean-Paul: intento de suicidio, ha dejado de beber, fracasó su novela, ahora remonta gracias a ella. Los dos grandes amigos, Ronet y Delon, compartían una misma simpatía por la ultraderecha francesa. Se cuenta que la Schneider, de origen alemán, llevaba muy mal la cercanía de su madre, conocida actriz del momento, a ciertos jerarcas nazis.
No se puede negar que los actores de esta época tenían vidas más intensas e interesantes que las estrellas del cine de hoy, por lo general muy lacios y con una imagen estandarizada, como prefabricados por las grandes productoras.

¡Por favor!: Sorkinismos…

Es el mejor análisis de la escritura de guion made in Aaron Sorkin. Es fácil parecer superdotado cuando repites una y otra vez tus ingeniosidades…

La brillantez del corta y pega elevado a nivel GOD! Aprende de un maestro, Lucía Etxebarria: copiarse a sí mismo y no a los demás, eso es lo que hacen los genios, tipo Sorkin y Woody Allen.

Vale decir que si esta disección se hiciera aplicado a cualquier catalanish, no se permitiría su publicación. Los catalanes, que copian de todo sin decir de dónde, como los genios de Gestmusic… dicho queda.

Iconoclastas

godard garrel mal genio

Para seguir con el tono del artículo “Empleos de verano”, es decir para jugar a la iconoclastia de los temas emblemáticos de la teoría de los años 60 y 70, recomiendo leer un libro al que ya me he referido en otro momento, La séptima función del lenguaje, del versátil Laurent Binet, y la película del ganador del óscar por The Artist, Hazanavicius, Le redoutable (Temible).

Le redoutable es una adaptación al cine de Une année studieuse [Un año ajetreado], escrito por la amante de Jean-Luc Godard, la actriz Anne Wiazemsky, luego escritora y directora de cine, que narra la relación con el célebre director de La chinoise. La versión cinematográfica es divertida, iconoclasta en el sentido que ridiculiza al genial director, y está cargada de alusiones meta-cinematográficas. Desde el punto de visto de Hazanavicius -y probablemente del de la actriz y escritora- Godard es un personaje patético, payasesco y, naturalmente, machista. Como en el caso de Binet, una se ríe a gusto pero sin compartir ni el punto de vista ni el tono de la película. Para mí lo sobresaliente es cómo Louis Garrel defiende a su personaje. Garrel, hijo de un conocido director de cine francés justamente de la época gloriosa, está adquiriendo un nivel que lo convierte en presencia indiscutible del cine de hoy. Aquí, su famosa tupida melena se convierte en una calva nada incipiente y las icónicas gafas de pasta de Godard conocen más de una y de dos veces el contacto del suelo… Este recurso chaplinesco no deja de tener un significado simbólico: en un momento de ebullición histórica como fueron los 60, con el punto álgido en las protestas y reivindicaciones del 68, se nos dice que su mirada no acertaba a ver la realidad con precisión porque su instrumento –las gafas como símbolo de elaboración de lo visto– quedaban inútiles una y otra vez.

Vaya por delante que la actriz, la flaquísima y autosatisfecha Stacy Martin, no me gusta nada, aunque la confianza en sí misma que demuestra como actriz, y en su propio cuerpo, permiten que la película llegue hasta el final sin demasiado tropiezo, pero me cuesta no pensar en el carisma de las actrices de la época, incluida la auténtica Wiazemsky, o Anna Karina, ya no digamos las grandes divas.

Godard aparece retratado como un machista muy desagradable, y no hay por qué dudar de los recuerdos de su joven pareja. Sin embargo, no me convence cómo representa la confusión de Godard respecto a las exigencias participativas de las clases trabajadoras, y cómo esta exigencia de participar en la batalla suponía discutir el concepto de “genio” que se le endilgó a él desde su rompedora aparición en À bout de souffle. Es divertido como comedia, del mismo modo que las ácidas descripciones y escenas que Binet inserta para burlarse de Sollers y Kristeva –los únicos que siguen vivos de todo el santoral setentero y que amenazaron con denunciarle– son hilarantes. Pero esa burla, esa parodia, en ambos casos –Binet es más inteligente– deja de lado la sustancia que convirtió a estos intelectuales en figuras de referencia. Para un joven espectador que vea Mal genio (traducción elocuente), Godard no fue más que un misógino, pedante y ególatra director de cine de filmes entre políticos y románticos. Y como, en aras de atraer al público más amplio posible, se obvia la potencia intelectual de Godard –pese a desastres como algunas cintas infumables que expulsaron de las salas de cine incluso a los más fieles–, no se transmite acertadamente la contradicción que experimentaba el cineasta entre su voluntad artística y la conciencia de deber participar en la revolución de su tiempo.

Dicho de otro modo, no es fácil para un lector no leído, no enterado de las contradicciones de la década, advertir que el drama de Godard fue que empatizó demasiado con un movimiento que no le pedía, según él creía, renunciar a su identidad genial, disolverse en el colectivo, por usar la  terminología de la época. Resulta más fácil entenderlo si se compara con la actitud de Pasolini en relación al movimiento estudiantil-revolucionario. Dado que el italiano tenía un punto de vista hipercrítico hacia el desarrollo económico y las consecuencias en términos de consumo que acompañaron a la década del despegue, nunca se puso de lado de los estudiantes y así recibió una sonora pitada precisamente en la Sorbona. El arte, la poesía, el cine, eran formas de expresión autónomas y él como autor, intelectual, artista, entendía esas revoluciones como formas sofisticadas del progreso consumista de la evolución del capitalismo industrial. Por ser un hijo rebelde de la pequeña burguesía, y homosexual, Pasolini no tenía complejo de culpa respecto de sus iguales, mientras que Godard, artista genial hijo de un banquero suizo –repito: BANQUERO SUIZO–, sentía la necesidad de acompañar las impugnaciones a la totalidad de sus coetáneos. El contexto político era bastante diferente de un país a otro.

De manera que Le redoutable es divertida, iconoclasta pero, como protesta con razón Louis Garrel, una siente la necesidad de defender a Godard, no de justificar su misoginia ni su vanidad, sino su lealtad a la transformación profunda de la figura del artista e intelectual del momento. Si uno lee a Deleuze y a Godard, advertirá que  el director de cine se hace eco de las reflexiones del primero. En conclusión, quizá de lo que se trata –dejando de lado los problemas a la hora de elegir a la pareja adecuada– es de ser más exigentes con nostros mismos para ponernos a la altura de Godard, Barthes, Kristeva e tutti quanti, en lugar de aparcarlos, de denigrarlos con lecturas reduccionistas para ser tan mediocres y pactistas como conviene a los Hazanavicius de cada día.

La belle personne o la Princesa de Clèves en el s. XXI

 

La belle personne, del director francés Christope Honoré, protagonizada por  Léa Seydoux y Louis Garrel, es una adaptación del clásico La Princesse de Clèves, cuya lectura recomiendo, no solo porque es una gran pequeña novela, también porque se capta mejor el juego que introduce el director al abordar temas afines al presente. El resultado es muy digno, los actores están bien dirigidos sin apartarse de ese tópico de los jóvenes franceses de clase alta expertos en los lances amorosos y da qué pensar –en el mejor sentido de la expresión– cómo Honoré logra convertir en tema central un equívoco que implica a dos personajes secundarios. Una manera de “hacer suyo” el argumento …

…y si parece enigmático este resumen es porque no quiero revelar los rebotes de la líneas argumentales, entre otras cosas porque son escasas y no quedaría mucho donde hincar el diente como espectadores.

Es llamativa la fascinación de los franceses por sus clásicos. Al respecto, cae a peso recordar La Vie d’Adèle, de Abdellatif Kechiche, –que me pareció tristísima –: los fragmentos que el profesor de literatura francesa lee en voz alta durante sus clases funcionan como correlato de las emociones que experimenta la protagonista. Habitualmente, el género del libro indica al espectador la lectura/interpretación que cabe hacer de la trama amorosa que pone en escena. No es lo mismo el romanticismo filosófico de La princesa de Clèves que los equívocos de La vie de Marianne de Marivaux, ni los personajes femeninos de las tragedias griegas.

Es difícil imaginar una película española que juegue con tales referencias y no será porque nos falten clásicos ni grandes autores en lengua hispana.

The Sheltering Sky – Bertolucci, Sakamoto, Bowles – piano

Cuentan que Bowles afirmaba que Bertolucci “no había entendido nada” de su novela, El cielo protector, pero lo cierto es que a la película le sientan bien los años.

Recorrí estos paisajes de Argelia en invierno del 91, un viaje raro con un grupo de desconocidos y un guía que solo escuchaba rai. Recuerdo que el tono general del viaje cambió desde el 1 de enero, que celebramos cerca de los oasis de Timimún, porque un chico que venía en nuestra furgo, muy serio y taciturno desde que salimos de Bcn, el 31 de diciembre parece que decidió dejar atrás su viejo yo y se convirtió en un personaje alegre que respondía a todo a carcajada limpia.

 Argelia estaba entonces, como tantos países arruinados por la ineficacia del comunismo –en plena crisis soviética–, en una especie de limbo; el fracaso del sistema parecía inevitable en medio de un polvorín político como es África, continente devorado por la codicia de los países del norte y que todavía no había sucumbido al islamismo radical.

¡Cuánto me gustaría volver!

Michel Piccoli, años setenta: Les choses de la vie, de Claude Sautet

Carta de la directora de cine Agnès Varda: Si quieres a Michel Piccoli…

 

DE LA HABANA HA VENIDO UN BARCO CARGADO DE...

La famosa banda sonora de Philippe Sarde.  Y un viejísimo tráiler:

Fue la gran época de las estrellas francesas y de la nueva sentimentalidad post 68. Michel Piccoli y Romy Schneider rodarían juntos inmediatamente después, también con Sautet:  Max et les ferrailleurs. En Las cosas de la vida  llama la atención el juego con los teleobjetivos, muy ágil cuando Romy pasea por la calle con su madre, o las tomas de los curiosos en torno al coche accidentado de Piccoli.  El director comentó que este efecto de tele, buscado, aportó libertad y dramatismo. Fue una película de las que triunfaron por el boca a oído.

Piccoli, cuarenta años antes de Habemus Papam…  que parece que sólo me ha gustado mucho -pero mucho- a mí. Oops.

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Vincent Lindon: ¿cómo hemos podido llegar a esto?

Vincent Lindon publicaba hace dos días este video de reflexión sobre la crisis sanitaria que estamos sufriendo que ha atraído ya más de tres millones de visitas. Una crítica dura y merecida al proyecto de Macron de convertir Francia, la belle France, en una start-up nation –sin complejos, en inglés–; repasa los diferentes episodios que han definido estos tres años de mandato y la gestión de la crisis hasta el “desconfinamiento”. Al final, ofrece alternativas porque cree, como creemos muchos, que NO SE PUEDE VOLVER A LA “NORMALIDAD” PREVIA A LA PANDEMIA, ese viaje veloz rumbo a la nada que nos ha llevado hasta aquí, es decir, a movernos con mascarillas por la calle, a encerrarnos en casa, a ver nuestro trabajo de nuevo en el aire, y a vivir la angustia de tener a criminales en el poder como los que afirman que pasan a Fase 1 y lo tienen todo “diseñado” por si hay un repunte de contagios.

En Francia, Lindon es no solo respetado sino muy querido, especialmente por sus últimos papeles en los que él, hijo de la burguesía industrial y cultural –sobrino de Jerôme Lindon, editor de las progresistas y muy engagées Éditions de Minuit–, conocido en España por sus amores con Carolina de Mónaco, ha encarnado la figura del francés medio de edad madura al que la tuneladora del capitalismo ultraliberal se lleva por delante mientras él batalla a la desesperada por mantener su dignidad.

Sin embargo, en una carrera tan extensa como es la suya caben títulos y géneros muy diversos. Y así os recomiendo un trhiller oscurísimo –incluso literalmente, con una fotogrrafía que juega con las penumbras, ambientes nocturnos, a ratos sórdidos como el argumento y el retrato que hace de las relaciones–, de Claire Denis, Les salauds –Los canallas, en español–, donde comparte pantalla con Chiara Mastroianni, un cásting muy acertado que incluye a Lola Créton, la joven protagonista del debut de Mia Hansen-Løve, Un amour de jeunesse, [película que sirvió de inspiración, bastante descarada, de Julia Ist, producción de la pija escuela de cine catalana, escac, que al parecer necesitó el concurso de cuatro guionistas para tan tedioso resultado].

Resistencia al confinamiento y a “la peste”

Preciosas memorias de Carlo Levi, confinado en un villorrio del sur italiano por actividades antifascistas en tiempos antediluvianos, digo mussolinianos. Ya lo anoté en otro momento, hay una excelente adaptación al cine obra de Francesco Rosi y el libro está traducido al español: Cristo se paró en Éboli.

Es también la historia de un médico que quiere dedicarse a la pintura, al que solicitan para que ponga su buen sentido a disposición de los enfermos y al que no dejan ejercer sino tras un sinfín de ardides; se gana el corazón de las gentes con su mezcla de inteligente bonhomía y profunda comprensión de la esencia del sur italiano. El capítulo final es toda una lección y ejemplo de la que era en tiempos casi remotos la función de un intelectual de izquierdas. Matera, localidad entonces sinónimo de miseria del mezzogiorno, es hoy destino de moda y enclave para rodar la última de James Bond.

El clásico de Sam Peckinpah, para exorcizar nuestras ganas de salir corriendo de casa, tomar la directa y no parar hasta encontrarnos en territorio seguro –sea lo que eso sea a día de hoy.

La Sevilla del Siglo de Oro diezmada por pestes y calamidades con perspectiva posmoderna, del puño y letra del peruano-sevillano Fernando Iwasaki. No os perdáis el apéndice bibliográfico. [Aquí quedáis debiéndome algo con esta invitación a la lectura.] Una impresión de lectura en este artículo. 

Si estás pensando que lo tuyo está fatal, aquí Guy Ritchite y su elenco te demuestran sin que te cueste la cara que todo puede ir siempre a peor y que no te puedes fiar de nadie, salvo que cuentes con un clan irlandés unido como un acordeón para defenderte a puño limpio, literalmente hablando. Si te compraste una cámara con zoom y por culpa del confinamiento no puedes usarla, intenta practicar con tus vecinos los trucos, audaces o torpes según se mire, que Ritchie nos regala en esta película. Tenías que haberla visto ayer, día de San Patricio, pero bueno. Demuestra que Brad Pitt merecía premios de interpretación mucho antes de cumplir los 50.

Así vamos a estar todos en quince días. Un clásico que vi por primera vez no hace mucho. El sueño del que está encerrado siempre será la evasión y aquí están todos por lo menos intentándolo. Me gustan esos actores de cine con una historia personal y curtidos con experiencias fuera de lo común.

¿Abdicación? Ser o tener, he ahí el dilema

Está previsto que las 21.00h el rey Felipe VI se dirija a la nación, es decir a esta colla de ácratas –hoy confinados por decreto para protegernos del Corona-Virus– que no nos molestamos en cortar cabezas à la Mariantoniette porque nuestros reyes se bastan y se sobran para desprestigiar e invalidar la secular, absurda y obsoleta institución.

Y no sabría decir por qué llevo el día fantaseando con que Felipe VI va a abdicar, no solo por aquello de que vamos de acontecimiento extraordinario en acontecimiento apabullante, donde ya lo que ayer era sorpresa y pasmo hoy deja de serlo y nos pilla hechos a lo que sea –menos a un Chernóbil real, gracias a Dios–, sino también porque es lo más cómodo, y es lo que haría cualquier españolito, lo que en realidad hacen casi siempre los españoles.

Es decir, si tú te encuentras con más de cien millones de dólares a tu nombre en una cuenta bancaria, que en principio no sabes cómo ha llegado ese fortunón –calderilla diaria para el que la ha depositado– y cuando te enteras del cómo y el por qué, y en lo  que ese dinero supone como punta del iceberg de la fortuna paterna, te pones a pensar no solo en las explicaciones que tendrías que dar, en las justificaciones por el antes y el después de tu implicación en esa forma de herencia en vida –algo tan habitual en España en familias acomodadas–, y te paras a pensar en tu salud, ya algo machacada pese a una fachada aún muy resultona, y en lo ingratos y respondones que son tus súbditos, y en que tus niñas y tu mujer tienen la cabeza tan bien amueblada que podrían defenderse perfectamente en situaciones menos aparatosas que las que exige el palacio y sus pompas, cuando sopesas la que está por caer sobre el país y los años de seria incertidumbre que se vislumbran…

y te fijas en lo de p*** m*** que viven los exmonarcas griegos en el exilio…

lo mismo te da por decir que has acertado a leer la voluntad del pueblo soberano y que, en coherencia, cedes esa soberanía heredada a quien le corresponde… el pueblo español, esa colla de ácratas malagradecidos, etc, etc.

 

Richard Jewell, el héroe equivocado

De Richard Jewell, la última película de Clint Eastwood, insisten en prensa en que ha pinchado y que ha tenido poca taquilla. Subrayan como razón del desinterés la queja de la periodista real, pues se desprende de la película que obtuvo la información a cambio de favores sexuales al agente del FBI. Papeles interpretados, respectivamente, por Olivia Wilde y Jon Hamm.

Salgo de verla –miércoles, sin rebajas porque, explica la taquillera, la Warner Co. no lo permite– y, es cierto, pincha: cinco personas en la sesión de tarde, la única en todo el día. Iba resignada a que no me gustara pero me interesara, que es lo mínimo que cabe esperar de Eastwood. He ido con curiosidad por la carrera post-Mad Men de Jon Hamm y la interpretación de Katy Bates, nominada al Óscar. Es decir, que no entraba dispuesta a marcharme de vacío.

Pero me ha gustado mucho. Aunque no es tan molona como Gran Torino, ni tan compacta e intensa como Mystic River, su “mensaje” rebasa la cultura estadounidense y los iconos del perdedor, del terrorista solitario, de la clase white trash por poco que uno se detenga a paladear las escenas, y a reflexionar en la personalidad del protagonista, el muy convincente y emocionante Paul Walter Hauser, que ya bordaba su papel de nerd en Yo, Tonya.

El argumento, basado en hechos reales, relata la desventura de un exageradamente dedicado aspirante a policía cuando descubre, poco antes de que estalle, una mochila cargada de explosivos. Heridos, muertos, pero menos de lo que pudo ser. Sucede durante los Juegos Olímpicos de Atlanta ’96, que se hicieron famosos por la pésima organización, muy criticada además porque seguía al enorme éxito que cosechó la de Barcelona’92. Necesitados de un culpable, los patinazos cometidos en anteriores trabajos como guardia de seguridad sirven de pretexto para que alguien, alguien socialmente respetable, lo señale como posible artífice del atentado. ¿Por qué lo haría? Necesidad de reconocimiento y tal y cual. Aquí, las interpretaciones psicológica “salvajes” en boca de clasistas embadurnados de respetabilidad realizan el trabajo sucio.

No cuento más del desarrollo de la trama que se atiene a los hechos pero, entiendo también, exagera tal y cual rasgos de los personajes para crear antagonismos, tensiones sexuales, picos y hoyos de interés narrativo, todo lo que requiere un guión para conducir la narrativa, la trama hacia el fin deseado. Es, como siempre en el cine de C.E., historia de héroes inesperados, de perdedores, de los estragos de la opinión pública, de redención y lealtades y, no menos tópicamente, del individuo humilde enfrentado a diferentes maquinarias que, conjugadas, no solo arruinan de facto la vida de hombres y mujeres, sino también minan las certezas, los fundamentos sobre los que esas maquinarias aseguran sustentarse. Lo que vemos todos los días es que esas maquinarias están supeditadas a la vanidad o soberbia de personas que, con cierta cuota de poder, consideran su propia respiración el aliento de la divinidad.

Relata, entonces, la historia real del héroe convertido en villano, de la decepción en las instituciones de ese héroe ingenuo y, en una dimensión más amplia, menos ligada a los iconos estadounidenses, el concepto de héroe equivocado: la incapacidad de concretos grupos de presión de tolerar que alguien encarne valores nobles.

La interpretación de los actores, al principio algo sobreactuada en Wilde y Walter Hauser, resulta muy eficaz. Rockwell, que solía tener pequeños papeles cómicos en series, como CSI, saca gran partido de su personaje. El caso de Jon Hamm es muy curioso, porque Mad Men no solo definió una imagen muy atractiva por sus diferentes facetas como exploración de la masculinidad, también la solidificó. Además, la serie duró tanto que le dio la ocasión de interpretar emociones y situaciones tan diversas, tan opuestas hasta hacer del personaje una cosa y la contraria, que el reto en sus nuevos papeles es cómo descolgarse de lo ya visto –sempiterno héroe erótico en decadencia acodado en la barra de un bar como en el borde de un dilema: ¿se precipitará en la autodestrucción o conseguirá asirse a una pizca de vitalidad? En Richard Jewell, Clint Eastwood le permite ser un cabrón integral; no le resta matices al personaje pero sí le ahorra la incoherencia que volvía risible la última etapa de Mad Men.

Es normal que el film pinche en Estados Unidos, pues si los espectadores están engullendo los héroes de Marvel, les sobra esta historia. Otra cosa sería sorprendente en el país donde gobierna Trump.