Mediterráneos: Lia Piano y André Aciman

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Ayer se publicó en Mercurio la reseña doble de sendos libros de memorias que recomiendo a todo aquel que quiera tomarse un respiro de la actualidad y/o sienta curiosidad por otros modos de narrar un género tan trillado como las memorias de infancia: Planimetría de una familia feliz, de la italiana Lia Piano, y Lejos de Egipto, de André Aciman, en Seix Barral y Libros del Asteroide, respectivamente. Los dos me sorprendieron por darme algo muy distinto de lo que esperaba y ambos tienen en común, además de la desbordante vitalidad del mundo que describen, la excelente traducción, de la mano de Isabel González Gallarza para Lia Piano y de Celia Filipetto para Aciman. El lector comprobará que con una traducción menos atenta al detalle la chispa que desborda la prosa de estos escritores tan diferentes nos pasaría por alto.lejos de egipto covert

Foto de portada de Herb Ritts

“Duelo siempre latente”, El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

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Ya puede leerse en la revista Mercurio la reseña dedicada al último libro de la escritora Cristina Rivera Garza, El invencible verano de Liliana. Su dispositivo narrativo recuerda a Jane, A Murder, de Maggie Nelson, un relato construido mediante poesías y extractos del diario de Jane y de las investigaciones del crimen. El libro no está traducido al español a día de hoy, que yo sepa.

El libro es, por supuesto, interesante y colma un vacío de testimonios directos en México, pero también dice mucho, y nada bueno, sobre el mundo de las grandes corporaciones editoriales españolas y sus estrategias comerciales, pues pocos ignoran que el tema de la violencia doméstica, de los abusos sexuales y, sobre todo la extensa bibliografía seria sobre el asunto considerado desde diferentes vertientes y disciplinas (política, sociología, psicología y psicoanálisis, jurídico) no nació con el movimiento americano MeToo.

Rivera Garza trabaja el texto de modo que resulte un concentrado de evidencias y transmita las diversas emociones que atraviesan las víctimas colaterales del crimen: familia, amigos cercanos. No deja duda sobre su intención –homenaje y denuncia– mientras Nelson  opta por combinar los planos narrativos generados por los diferentes géneros –cartas, diarios, declaraciones de sus allegados, notas de prensa, reflexiones de la propia autora– con el propósito de desactivar el morbo ligado a toda historia de crimen, y específicamente del crimen de una mujer joven. Su relato resulta vago, evocador y fantasmal como la presencia de la asesinada, e irresuelto, pese a haberse dado con el criminal. Esa vaguedad, esa irresolución reflejaba de forma intuitiva las dudas sobre la identidad del auténtico criminal, dudas que se confirmaron cuando los avances técnicos en análisis de pruebas, incluido el adn, permitieron identificar al asesino. Nelson recogió esta experiencia en otro libro, The Red Parts.

En cierto modo, puede decirse que ambos libros muestran una manera femenina de aproximarse a este tipo de crímenes que tienen a las mujeres como víctimas “naturales”: combinando diferentes planos y secuencias, apoyándose en diferentes géneros sin jerarquizarlos según su mayor o menor raigambre intelectual, acercándose al hecho mediante rodeos hasta alcanzar el núcleo duro del tema, y postulando una reflexión sobre el imaginario de cada época en torno a la libertad de la mujer y sus ambiciones de emancipación.

También es digno de subrayarse el modo como, desde las universidades y desde púlpitos legitimadores como revistas y diarios de gran circulación, las “expertas” españolas en feminismos y literatura de mujer se han apoderado de un tema que llevaban 25 años desdeñando.

Jane and Maggie retratos

In “Jane: A Murder,” poet Maggie Nelson (right) explains her rationale for writing a true-crime book about the 1969 killing of her aunt (left) that doesn’t focus on the killer: “It is Jane’s murder / that interests me. / His crimes do not”.


Duelo siempre latente

«Fue a partir de 2007 cuando el público lector español captó el gran interés de la obra de Cristina Rivera Garza (Matamoros, México, 1964), con la publicación de La muerte me da, una novela donde la hibridación de géneros y la indagación en la potencia expresiva del lenguaje resultaba en una historia que conjugaba audazmente el relato policial con el vanguardismo literario.»

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KA, de Roberto Calasso

Republico la reseña que escribí para La Vanguardia-Libros con motivo de la salida de Ka en español, hacia 1999. Con traducción del argentino Edgardo Dobry.

ABOUT PASSION -- De fotografía y otros entusiasmos


Un Deva
En la presentación de Ka, dedicado a la espiritualidad hindú, Roberto Calasso proponía que el lector superase el temor que pudiera experimentar ante un universo tan exótico y alejado de la realidad occidental zambulléndose sin más en su lectura; a fin de cuentas, aseguraba, en él se abordan temas tan elementales como la respiración y el sexo. Calasso dice la verdad, pero es la verdad de un erudito que, después de recorrer aquella cultura con material de primera mano –los textos sagrados, que ha estudiado valiéndose en parte de su conocimiento del sánscrito–, descubre que de lo que se trata son de las esenciales perplejidades que rondan al hombre desde que abrió los ojos de la conciencia. Por ello, el lector neófito haría bien en pertrecharse de un buen diccionario de sabiduría oriental con lo que evitará ahogarse en el océano de deidades de nombres y formas…

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El reino, de Jo Nesbø en Mercurio

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«Jo Nesbø es un maestro en el arte del equilibrio, de mantener en la cuerda floja elementos concretos del suspense, de darle giros y más giros a la intriga sin falsear lo principal, la coherencia psicológica de los personajes, para ofrecer un final inesperado en el que descubrimos que nos estaba contando algo distinto de lo que creíamos. Así ocurre en El reino, una de sus mejores novelas —confirmado una vez leídas tres de la serie de Harry Hole— por la muy adictiva mezcla de atracción y repulsión que provocan los hermanos protagonistas y la apabullante cantidad de información con que sustenta este relato que tiene algo de compleja versión de Caín y Abel.»
Lee la reseña entera aquí

El Reino noruego

JJ Cale & Jo Nesbo

Estoy leyendo la última novela del noruego Jo Nesbø, El reino (traducido por Lotte Katrine Tollefsen) en un intento de superar mis muchos prejuicios contra la novela policiaca, el thriller, en definitiva las novelas de misterio y detectives; llevo leídas unas 380 de sus 618 páginas y no tengo un juicio cerrado sobre el libro aún. La novela policiaca moderna me parece literatura con ínfulas sociológicas, creo que no he tenido la suerte de dar con un título convincente, por eso suelo preferir su traslación al cine –me gustó especialmente el diseño de imagen y la actuación de Rooney Mara y Daniel Craig en Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher.

Esto para decir que El reino, una novela ambiciosa sobre la relación de dos hermanos de una aldea noruega que se reencuentran después de varios años de ausencia del menor, sus ambiciones, lealtades, conflictos, me está pareciendo de momento una novela muy coqueta. Narrada en primera persona por el hermano mayor,  el treintañero protagonista de la historia, es una novela que se gusta a sí misma tanto como el protagonista, Roy Opgard, quien va revelando datos de la tragedia familiar con una cadencia bien calculada para mantenere el suspense; escrita con enorme conocimiento de las reglas del bestseller de calidad, Nesbø salpica el relato de información práctica de toda suerte, descripción pormenorizada de técnicas, objetos, de marcas de coches y sus prestaciones, arquitecturas, de referencias cultas, también de la cultura pop, y entre ellas menciona la música que escucha el  protagonista, empleado de una gasolinera en una aldea de montaña y talentoso mecánico, y con una vida interior potentísima, rodeado de un pequeño elenco de pueblerinos modernos. Escucha a J.J. Cale cuando la ansiedad amenaza con desbordarle, un detalle muy elocuente sobre el tono de la historia y el carácter del personaje: hundido en sus conflictos afectivos, de lealtades exigentes autoimpuestas, de deseos no saciados, el particular tono de JJ Cale pauta su resistencia mental que le impide hoy, un día más, lanzarse de morros contra la pared al volante de su Volvo 420 y terminar con todo. Pero veremos cómo llegamos hasta la 618.JoNesbo portrait

Jo Nesbø posa para la prensa. La imagen que vende. Parece inevitable prestar sus rasgos al protagonista, restándole años. Ese tipo de coquetería del capitalismo moderno que nos deleita.

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Mi artículo sobre Fuguet en Harvard y Yale

Hace unos años publiqué en la revista Dissidences, de la universidad Bowdoin de Massachussets, un largo artículo sobre la novela de Alberto Fuguet, Missing (Una investigación).  Los artículos se evalúan según el procedimiento de “doble ciego”, es decir que se leen considerando exclusivamente el contenido y una vez aceptado se accede a los datos del autor, al que se contacta y se dan indicaciones si conviene aclarar algún punto o ajustar detalles de su presentación a las normas editoriales de la revista. Entre las herramientas que la página pone a disposición de los autores está el panel de control (dashboard) que incluyen datos de descargas y la ubicación de los centros desde donde se descarga el artículo; si se trata de particulares, estudiantes o profesores que lo bajan desde sus domicilios, suele aparecer el dato geográfico junto con un “unknown institution”. Al echarle una ojeada, hoy descubro que desde la Universidad de Harvard se ha descargado dos veces (como se ve en las capturas de pantalla que incluyo). Otras tantas en Yale.
La gracia del asunto, como sabrá el que lleve algún tiempo leyéndome, es que aquí en Barcelona estoy desde hace mucho tiempo ninguneada o, según la jerga actual, “cancelada”. En Madrid y otras regiones me publican según les convenga pero pagándome unas cantidades tan ridículas, tan tarde y sabiendo yo que a colegas hombres les pagan más, que las condiciones se vuelven disuasorias.
En fin… no tengo la mañana para extenderme en agravios, pero recordemos también que Padura está nominado por su bodrio-novela al IV Premio de Novela Vargas Llosa, nada menos que en competición con Juan Gabriel Vásquez, que ha publicado recientemente Volver la vista atrás, una de esas novelas-río que suma una pieza valiosa más a su panorama de la historia colombiana reciente desde esa perspectiva que le es propia del implacable alegato edípico en tono calmoso. En esta novela aborda el tema de la guerrilla de las Farc, los estragos (de nuevo) del comunismo (aquí del maoísmo), a través de la pasmosa experiencia de la familia Cabrera, con protagonismo del director de cine Sergio Cabrera.
Aunque por coherencia con los métodos españoles de visibilización de escritores debería ganar Padura, es decir un farsante que miente sobre la realidad cubana y que ha puesto en las librerías un mejunje asombroso de personajes y escenarios con el label de la antaño prestigiosa Tusquets, supongo que será la novela de Vásquez, que recurre en ciertos momentos a estrategias del Philip Roth de la Pastoral americana y del García Márquez de Noticia de un secuestro, la que se alce con el premio. O cualquier otro…pero insisto en que por coherencia con la realidad cultural española debería ganar un plagiario.

El remitente misterioso por Proust, Fraisse y Pauls

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Hoy me ha llegado el volumen de relatos inéditos (hasta hace nada bien sûr) que Proust guardó, Luc Fraisse recuperó, transcribió y dio conocer al mundo y Alan Pauls ha traducido al español y prologado en edición de Lumen. Muy bien concebida la edición, incluso para quienes reaccionan con sarpullidos a las notas al pie, que aquí no faltan. Cada relato tiene su presentación y alguno se acompaña de notas sobre variantes del texto. Hay una segunda parte, me figuro que más para fanáticos y curiosos de la gran novela proustiana, titulada “A las fuentes de En busca del tiempo perdido“.
La espera en la cola de Correos para recoger otro paquete se me ha hecho cortísima leyendo el prólogo de Pauls… No hay manera de pillarlo en un renuncio: siempre es interesante.

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Gimferrer contra Trapiello / Trapiello contra Gimferrer

Continuando con el asunto de la polémica en torno a Gil de Biedma, vale la pena detenerse a pensar de qué va el caso realmente, y qué intenciones tienen los promotores de la polémica. En el caso de García Montero ya dijo que se sentía en deuda con el poeta catalán, así que es natural que aproveche su posición dentro de la institución del Cervantes para promover el homenaje. Es obvio que él encontrará más razones para celebrarlo que para denigrarlo, como suele suceder cuando alguien con relieve social favorece a una persona más joven en un campo como la poesía. Se trata de ese tipo de deudas que complace saldar y hasta vanagloriarse de la deuda.
Trapiello plantea, como viene haciéndose en los últimos años, si hay que pasar por alto las acciones miserables de personajes socialmente relevantes y apreciados, como aquí Gil de Biedma. El asunto va ligado a controversias como las que envuelven a figuras célebres y celebradas como Polanski y Handke o polémicas como Celine. Personalmente, reclamo el derecho a decir que no soporto a tal o cual artista y que no tengo por qué matizar ese aborrecimiento. Igual que hay quien tiene debilidades incomprensibles por figuras ue nos parecen menos que mediocres o irrelevantes. Y tengo derecho a mi aborrecimiento porque nada, salvo el ínfimo porcentaje de sus ingresos que pueda corresponder a que yo compre o no sus obras -libros, entradas de cine, dvd con sus obras completas en el caso de un director, camisetas, pósters, etc– afecta al libre desarrollo de su arte. Junto con mi libertad de aborrecer porque sí va la conciencia de que, en lo que tiene de pulsional, tampoco puede tomarse muy en cuenta a la hora de emitir un juicio ponderado sobre las acciones del artista en cuestión.

Como el cine es un arte que sí me interesa, me importa cómo se trata el tema Polanski. En principio, para mí bastaba que hubiese llegado a un acuerdo con la chica a la que violó para cerrar el caso. Si ella, de adulta, sopesa los aspectos del problema y decide con libertad qué le conviene para pasar página, puedo considerarlo una de las salidas posibles del trauma. Ahora bien, cuando surgen nuevas denuncias de mujeres que relatan hechos similares y hablan de violencia, de violación pura y dura, el asunto adquiere otro cariz y considero un insulto a la inteligencia que, so pretexto de que el fulano a veces -no siempre– realiza buenas películas, debemos pasar por alto que una parte muy concreta de la población –chicas rubias que guardan parecido con su mujer asesinada por la familia Manson- despierta en él un determinado comportamiento que las leyes consideran delictivo.
En El Quijote se lee un aforismo, de boca de un “discreto caballero”, que va pintiparado a los casos que se discuten estos días: “letras sin virtud son perlas en el muladar“.
Al mismo tiempo, vale la pena preguntarse si ciertas guerras o batallas a las que se nos convoca como ciudadanos son verdaderamente nuestras guerras o se nos está utilizando para otro tipo de negocio.
A saber, Trapiello relata que hace años ya sacó el asunto de la escena de Gil de Biedma y el niño prostituido y que los tres amigos de GdB, Gimferrer, la Regás y la Moix, le quitaron importancia. No sé si la enemistad entre Trapiello y Gimferrer viene de ahí pero a mí me tocó asistir a una escena sobre ese desprecio mutuo que no me hizo ninguna gracia.
Tras leer mi novela publicada en Mondadori –envié yo un ejemplar, si no me equivoco–,  Gimferrer decidió que le había gustado bastante y me llamó para hacer de nuevo lecturas en Seix Barral. Conviene recordar que leer para él como director literario de Seix, antes de venderla a Planeta, fue precisamente mi primera colaboración como freelance al salir de la CCRTV. Pero en 1997 no me apetecía aceptar una tarea menor como leer manuscritos y algún que otro libro en francés, tarea pésimamente remunerada además, pero era imposible decir que no a un Gimferrer como en su momento era imposible decir no a Anagrama.
Como en otras editoriales, el ritual consistía en pasar al despacho del editor, comentar de viva voz las impresiones más relevantes sobre el texto y entregar los informes, que a veces él leía mientras yo permanecía sentada muy formal esperando el fin del teatrillo. A menudo G. estaba recostado en su sillón giratorio con las largas piernas sobre la mesa y rodeado de un mar de mecanoscritos y de libros, algunos de otras editoriales. También era habitual en él explayarse a partir de los textos informados sobre diferentes asuntos, siempre con mucha erudición, algo que en mi primera etapa –aún menor de 30 años– me hacía muchísima gracia. Dicho de otro modo: era un bonus nada despreciable añadido a la tarifa entre mísera y mediocre.
Supongo que las lecturas de aquel día eran irrelevantes e impublicables y no recuerdo por qué sacó a colación una pulla de o contra Trapiello –del que yo solo conocía el nombre-. Dijo que había escrito un soneto y lo leyó muy ufano.
A mí no me hizo la menor gracia por lo que contaré enseguida, así que apenas terminó de leer, y con el asunto de los informes ya cerrado, me levanté y le dije en un tono que recuerdo de ironía y fastidio: “La culpa de esto la tiene Quevedo, que ha hecho creer que el insulto es un arte”.
Piénsese la situación: llevaba yo siete años como free-lance y básicamente lo que había encontrado era mucho trabajo por debajo de mi formación y experiencia o, cuando coincidía con esta, muy mal pagado, y dilación insoportable en los pagos. Había dejado el puesto en la televisión, donde estaba muy bien considerada, para convertirme en el pimpampun de cualquier desaprensivo. En los dos últimos años previos a esta charleta de Gimferrer yo había tenido que digerir la deslealtad de Jordi Llovet, para quien trabajé por cantidades irrisorias, sin seguro, con la promesa de no dejarlo tirado como habían hecho otras chicas a las que había colocado en posiciones más ventajosas que la mía, y el acoso del editor Toni Munné en Planeta NoFicción. Pese a que prácticamente toda la gente a la que yo trataba estaba al corriente del mal trago que estaba yo atravesando, agravado por el acoso de este canalla, no hubo nadie que le diera un toque para pedirle que me dejara en paz.
Una vez publicada la novela, no solo no se hizo una gestión profesional sino que me vi tratada de lo peor, incluido de “bastarda” –algo que no corresponde, dicho al pasar, con la realidad concreta–, de “gilipollas” por ese mismo Munné. Se me cerraron muchas puertas por la lectura pacata que se hizo, y que Ignacio Echevarría no corrigió como debería haber hecho al haberme animado a publicarla. De modo que, con el agua al cuello económicamente y a punto de caer en una profunda depresión –como diagnosticó el médico en su momento– no me divirtió lo que un tipo, poeta y eterno aspirante a Premio Nobel, con las patas sobre la mesa, un sueldo a tono con el cargo, me tomara de rehén de sus rencillas y pretendiera que le riera una gracia que yo no vi en ninguna parte.
No era mi guerra y tampoco lo es lo que pudo hacer Gil de Biedma y este asunto es una cortina de humo más sobre problemas más graves del mundo de la cultura.

Toda vuestra buena conciencia sí que pasará

Trapiello

Andrés Trapiello y can

Leo con cierto estupor el artículo en Voz Populi que resume la última controversia sobre el homenaje a Gil de Biedma a propósito de lo comentado por Trapiello, lo que respondía García Montero, director actual del Instituto Cervantes, el quid de la anotación en los diarios del catalán sobre el comercio sexual que mantuvo en su momento con menores en Filipinas –el mismo destino de Matzneff, por si no se recuerda–, el comentario au dessus de la mêlée del editor de los diarios, Andreu Jaume, y me digo que todo esto sí pasará, con cierto asco.

Para empezar, no creo que nadie estaría discutiendo con tanto empeño –empeño en el homenaje y en el denuesto– si el poeta fuese un clase media cualquiera. También sorprende que el Cervantes tenga dinero para homenajes a figuras de sobras reconocidas y no lo tenga para dignificar las cantidades y plazos que dedica al pago de escritores y universitarios vivos como los que colaboran –y hemos colaborado– en secciones que tienen repercusión entre una amplísima -y mundial- comunidad de docentes, estudiantes e interesados en la literatura y culturas hispánicas.

Todo esto pasará muy pronto, pasará esta buena conciencia y súbita preocupación por niños abusados y prostituidos en décadas pasadas y en geografías remotas, pasará y continuará sin abordarse la cuestión de las vejaciones, humillaciones, defenestraciones de carácter profesional de ayer mismo y de hoy que se padecen en el medio cultural, sin exigirse el castigo a los premios amañados y a jurados comprados y agentes promotores del fraude, sin proponerse ideas, análisis y discursos de mayor calado que la descripción prolija de miserias personales y familiares. No se pedirá tampoco un cambio en la prescripción del delito de abuso sexual, a niños o a mayores de edad en situación de indefensión. No se atacará al Grupo Planeta y editoriales afines por abuso de posición al imponer tarifas que no permiten vivir a profesionales autónomos sin margen para negociar.

Toda esta buena conciencia pasará, los niños prostituidos y abusados continúan siéndolo hoy y mañana se sumarán otros, sin que nadie exija a los progenitores que se cosan los huevos ya que no pueden dar una vida digna a sus vástagos,

Todo será lo mismo; los articulistas y columnistas habrán cobrado sus artículos, se habrán cortado a medida su traje de Gran Escritor Ético y los pijos continuarán decidiendo qué se publica, de qué se habla y quién habla y por cuánto tiempo. 

Entrevista a F. Goldman por El arte del asesinato político (2009)

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Presentación
Francisco Goldman (1957)
es un prestigioso periodista y novelista nacido en Estados Unidos, de padre norteamericano y madre guatemalteca. En la década de los ochenta cubrió las guerras de Centroamérica. Actualmente, además de su trabajo literario, dicta talleres de Periodismo de Investigación en el Instituto de Nuevo Periodismo, fundado por García Márquez en Colombia. Su primera novela, La larga noche de los pollos blancos, fue llevada al cine por John Sayles con el título de Hombres armados, protagonizada por Federico Luppi.

El arte del asesinato político, primer libro de no-ficción de Goldman, es la ampliación del artículo Victory in Guatemala, publicado por The New York Review of Books en 2002. El artículo primero y ahora el libro en su versión castellana han obtenido una enorme repercusión en América. Es una vigorosa crónica informando del fin de la impunidad para los militares en Guatemala, después de que varios oficiales y un sacerdote hayan sido hallados culpables del asesinato del obispo Juan Gerardi Conedera y condenados a largas penas de cárcel.
larga nochepollosGerardi fue muerto a golpes la noche del 26 de abril de 1998, dos días después de hacer público el informe Guatemala: Nunca más, un extenso documento que probaba la responsabilidad del ejército en más del 90% de los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la guerra civil contra el pueblo de Guatemala. El obispo coordinaba la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala. La crónica de Goldman, escrita como una excelente novela de intriga policíaca, sigue el enrevesado laberinto de desinformación que puso en marcha el ejército tras la muerte de Gerardi para desprestigiar al religioso y que continúa aún después de las condenas. Se presentaron hipótesis absurdas para confundir a la opinión pública: desde un crimen pasional entre homosexuales a una red de secuestradores que traficaba con arte sacro, descubierta por Gerardi. Se dieron como sospechosos del crimen desde un indigente drogadicto a un viejo perro enfermo. Pero la investigación independiente, realizada por los investigadores de la ODHA, que usaban el apodo humorístico los Intocables, y el trabajo de fiscales, jueces y periodistas que pelean por un sistema democrático en Guatemala, ha permitido descubrir la extensa trama de corrupción, miedo y enriquecimiento ilícito puesta en pie por el ejército guatemalteco, un residuo peligroso de los largos años de feroces dictaduras ultraderechistas en el continente latinoamericano.
El arte del asesinato político debe entenderse como un triunfo del periodismo de investigación y de la voluntad política de una serie de profesionales de la ley. Tanto Goldman como los responsables de la investigación independiente, y testigos principales, soportaron amenazas que ponían en riesgo sus vidas.

Goldman actual

Una imagen reciente de Francisco Goldman

–La publicación de El arte del asesinato político, ¿Quién mató al obispo? en castellano llega con noticias muy alentadoras sobre la resolución del caso Gerardi. ¿Crees que, por fin, en Guatemala se ha acabado la impunidad para los militares responsables de crímenes? ¿Verdaderamente se abre una nueva época?

Si en algún momento se abrió una nueva época, fue en 2001, cuando las primeras condenas en la causa por el asesinato de Gerardi. Por primera vez en la historia de Guatemala, oficiales militares fueron declarados culpables de participar en un asesinato por motivos políticos. La cuestión siempre ha sido saber si esas condenas fueron una anomalía o sentaron un auténtico precedente. Nadie cree que en Guatemala la impunidad vaya a terminar de hoy para mañana. Hay demasiado miedo y las mafias del crimen organizado –especialmente las relacionadas con los narcos, lleven uniforme militar o no— están demasiado profundamente arraigadas en el país, y tienen demasiado poder. Pero en los últimos años, hemos visto que se producían una serie de cambios que afectan a la impunidad de la clase política y militar y hay incluso varios casos en marcha. El caso Gerardi es una piedra angular en estos esfuerzos. No obstante, es importante recordar que, de los distintos casos en marcha, ninguno, ni siquiera el de Gerardi, ha tocado a nadie verdaderamente poderoso o que pudiera ser un narcotraficante, por ejemplo. Si en el caso Gerardi se llegara a dar con los hombres de más poder que actuaron entre bastidores en este asesinato, la diferencia sería enorme. Si sigue adelante el caso contra el general retirado Otto Pérez Molina por el brutal asesinato, durante los años de guerra, del líder guerrillero Efraín Bamaca, como bien podría suceder –-me refiero al famoso caso promovido por la viuda de Bamaca, la abogada norteamericana Jennifer Harbury–, entonces también será posible procesar a uno de los hombres más poderosos de Guatemala, un hombre que está en el poder en la actualidad, no a un dinosaurio del viejo régimen de terror.

Juan Gerardi retrato

Imagen oficial de monseñor Gerardi

Ahora, con la nueva crisis provocada por el asesinato del abogado Rodrigo Rosenberg, que dejó grabado un vídeo en el que acusa al presidente Colom y a su esposa de estar detrás de su asesinato, Guatemala vuelve a estar sumida en una crisis muy grave. Pero esta crisis también representa una gran oportunidad porque el CICIG, la comisión de la ONU encargada de investigar y de reunir pruebas en casos relacionados con el crimen organizado y con los grupos clandestinos en Guatemala, ha aceptado hacerse cargo del caso Rosenberg. Así que es muy posible que se resuelva y se actúe con bastante rapidez. Lo más inteligente que puede hacer ahora el gobierno Colom es mantenerse al margen de la investigación e intentar apoyarla en todo lo posible sin interferir. Pero, una advertencia: aún no se sabe quién estaba realmente detrás de estos asesinatos, o del vídeo. Hay personas con una reputación realmente siniestra involucradas, y esto incluye a un hombre, Luis Mendizábal, un veterano conspirador que actuaba como agente de desinformación en el caso Gerardi, y que bien pudo haber tenido una participación mucho más importante. La posible relación de Mendizábal con ambos crímenes podría resultar de gran trascendencia.

En las dos últimas semanas han sido asesinados testigos potencialmente clave en ambos casos, Gerardi y Bamaca. Y se da la coincidencia de que el general Otto Pérez Molina ha sido relacionado con ambos crímenes. Colom derrotó a Pérez Molina en las últimas elecciones. Y ahora Pérez Molina se encuentra entre los que más ruidosamente intentan capitalizar la crisis actual, pidiendo a Colom que renuncie a la presidencia –algo que Colom no debe hacer, porque sería una especie de golpe de Estado, que es lo que parece que Pérez Molina y la derecha quieren provocar. Colom debe seguir en el gobierno y permitir que la investigación independiente realice su trabajo, aun sabiendo que van a caer  algunos miembros de su propio gobierno, si es que no cae él mismo y su esposa. Ya lo veremos. Seguro que habrá sorpresas. Los asesinatos políticos en Guatemala casi nunca son lo que a primera vista parece.

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Homenaje por el aniversario del asesinato


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Imagen de Goldman en la promoción de su novela “Marinero raso” -1998, en la época de los hechos del caso Gerardi

El arte del asesinato político jugó un importante papel en la derrota del candidato de la derecha, Pérez Molina, en las últimas elecciones presidenciales en Guatemala. ¿Lo consideras un triunfo personal tras ocho años de trabajo en este caso? ¿Por qué decidiste mantenerte al margen cuando te pidieron que intervinieras en la campaña electoral?

Escribes un libro, lo sacas al mundo y la verdad es que ni se te pasa por la imaginación el uso que pueden darle y tienes poco control sobre él. Uno de los principales testigos en el caso Gerardi identificó al general Pérez Molina como implicado. El jefe de policía de investigación en la MINIGUA (Misión de las Naciones Unidas para Guatemala o United Nations Verification Mission in Guatemala), el español Rafael Guillamón, consideró creíble la acusación. Es un hecho que yo recojo en el libro, pero que en la versión en inglés ocupa dos líneas como mucho. Sin embargo, la prensa guatemalteca y muchas personas en el país lo utilizaron en la campaña por las elecciones, donde Pérez Molina era uno de los principales candidatos. Luego, las reacciones del propio Pérez Molina a los alegatos, y una serie de pruebas que surgieron posteriormente y que podrían corroborarlo, aportaron mayor credibilidad a estas acusaciones, de modo que ahora Pérez Molina está siendo investigado por el Ministerio Público de Guatemala. Le corresponde al sistema legal establecer la verdad de los cargos, como hizo precisamente en el caso Gerardi.

     Yo nunca busqué que mi libro se identificase con ningún partido político o candidato guatemalteco, por eso cuando me pidieron que interviniera en la campaña a favor de Colom, o que celebrara conferencias de prensa días antes de las elecciones, no acepté. Me alegro, sin embargo, si el libro ha contribuido, aunque sea en una mínima parte, a la derrota de Pérez Molina, porque su victoria habría sido un desastre para Guatemala, mayor incluso que el que ahora estamos viendo. Varios miembros del CICIG me dijeron que sería muchísimo más difícil continuar con su trabajo en una Guatemala gobernada por Pérez Molina.

¿Qué queda de la figura de Monseñor Gerardi, fundador de la ODHA, doce años después de su asesinato? ¿Cuál es su legado?

– Su legado es que no se puede despachar el pasado como un asunto de conveniencia política y que tiene que haber responsables, especialmente cuando un buen número de los que cometieron los crímenes en el pasado continúan siendo figuras con mucho poder en la actualidad. El legado de Gerardi es múltiple: porque gracias a su trabajo y el de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (ODHA) en el Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica, la amnistía que los militares se autoconcedieron por crímenes contra los derechos humanos fue retirada bajo la ley internacional. El caso Gerardi es por sí mismo un legado importante.

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Claudia Méndez Arriaza, periodista y traductora del libro al español

–¿La decisión de atacar al obispo guarda relación con la presencia cada vez mayor de las iglesias protestantes en América Latina? ¿Interesa a los militares debilitar a la Iglesia católica?
–Los militares sabían que era un asesinato que podría utilizarse para desacreditar a la Iglesia y contaban con que también a Gerardi y el Informe REMHI. El asesinato fue prácticamente planeado de modo que, cuanto más se esforzara la Iglesia por hallar la verdad o defenderla, más secretos y más escándalos terminarían saliendo a la luz. No tenían mucho por dónde atacar a Gerardi; en cambio, sabían que tenían una mina de oro en el padre Mario Orantes –el sacerdote auxiliar, que compartía la parroquia con el obispo— y en su protector, el canciller de la Curia, monseñor Efraín Hernández. Orantes está en la cárcel, fue condenado por el asesinato, y merecidamente, junto con los militares. Pero lo importante en mi libro es ver cómo se desarrolla el propio caso, cómo va complicándose y todo está conectado. Por esa razón lo escribí como una novela, y por eso no quise aislar ningún aspecto de los demás. Aunque, como dice en el libro Mynor Melgar, el abogado coordinador de la ODHA: «Cuando los militares vieron con quién compartía parroquia Gerardi, seguro que se sintieron como si les hubiese tocado la lotería».

–Es sorprendente el apoyo que recibió el arzobispo Próspero Penados de Juan Pablo II, conociendo su anticomunismo y la poca simpatía que le merecía la Teología de la Liberación, de la que Gerardi parece que fue miembro, aunque de los más moderados.
Juan Pablo II era anticomunista, pero no estaba dispuesto a mirar hacia otro lado mientras sus sacerdotes, sus monjas y trabajadores religiosos estaban siendo brutalmente asesinados en las montañas de Guatemala, ni a callar sobre lo que ocurría con sus párrocos mayas. Aquí, lo que mencionabas antes, la alianza del ejército, sobre todo durante los años de guerra, con los protestantes evangelistas pudo influir en la postura del papa. Además, Juan Pablo II apreciaba a Gerardi, porque hacía años que lo conocía, desde el Sínodo, cuando era obispo de Cracovia.

Papa y Gerardi

Juan Pablo II y monseñor Gerardi

–Apenas se conoció la noticia del asesinato de monseñor Gerardi, ya se puso en marcha la maquinaria de desinformación oficial, para confundir y desprestigiar al obispo, aunque todo el mundo daba por cierto que era un crimen político. Primero se presentó como principal sospechoso a un indigente mientras se hacían correr rumores de que había sido un crimen pasional entre homosexuales. Por si fuera poco, alteraron el escenario del crimen. En una operación orquestada al detalle desde días antes, ¿cuál fue el fallo principal?

-¡Planeada desde meses antes! Los asesinos estuvieron tan cerca de salirse con la suya, y era una historia tan increíble, y precisamente por eso, como suele ocurrir en las mejores historias de serie negra, los elementos eran complejos y estaban conectados. Era un verdadero rompecabezas. Pero yo siempre he dicho que si el taxista que llevaba a los travestis a un bar el domingo por la noche no se hubiese equivocado de calle, y no hubiese pasado junto a la iglesia minutos después de que asesinaran a Gerardi, este caso quizá nunca habría llegado a los tribunales.
Y creo que los criminales nunca habrían podido imaginar la fuerza moral, el valor y la tenacidad de los jóvenes investigadores y abogados de la ODHA, ni tampoco imaginaron que iba a aparecer un fiscal como Leopoldo Zeissig, que, según Guillamón, es el verdadero héroe del caso Gerardi.

–Muchos testigos que se decidieron a hablar, y también los investigadores, tuvieron que exiliarse porque sus vidas y las de sus familias corrían peligro. ¿Cuál es el caso más dramático de todos? ¿Tienen alguna esperanza de regresar a Guatemala?
-Todos fueron dramáticos de diferentes maneras. Pero bastantes hay regresado ya. Dos fiscales, tanto Zeissig como su predecesor, que estuvo a punto de emitir órdenes de arresto contra militares, y le dejaron claro que iban a secuestrar a sus hijos, se exiliaron. Pero los dos están ya de vuelta, y Zeissig incluso vuelve a trabajar en el Ministerio Público. Los casos del taxista y del testigo militar, Aguilar Martínez, son también muy dramáticos, y dudo mucho que regresen a Guatemala.

–El padre Mario Orantes, condenado a 20 años de cárcel por su implicación en el crimen, es uno de los personajes más inquietantes del caso. Desde el principio parece acusarse con su actitud tan sospechosa.

Sí, no puede ser más culpable. Y siempre ha mantenido un completo silencio. El que no hiciera ningún esfuerzo por defenderse a sí mismo lo dice todo. Un caso criminal como éste posee vida propia y sólo puede entenderse en función de la personalidad de las personas involucradas.

perro sospechoso

¡Hasta el perro, viejo y enfermo, fue considerado sospechoso por la investigación oficial!

–Hay varios episodios chuscos dentro del caso, como cuando las fuentes oficiales aseguran que el sospechoso más creíble de la muerte de Gerardi era un pastor alemán, viejo y con artrosis, Balú, propiedad del padre Orantes. El forense español, que insistía en acusar al perro del asesinato de Gerardi, parece demostrar las conexiones del viejo fascismo español con las dictaduras latinoamericanas.

–Sí, eso parece. Tienen una historia parecida. Sin duda, el forense es un personaje muy excéntrico. Una de mis partes favoritas de esta aventura es cuando lo visitamos en su museo en Madrid.

–Hay un personaje significativo dentro de toda la historia, Claudia Méndez Arriaza, la joven periodista de El Minuto, que también ha traducido el libro al castellano. Amparándose en su juventud, consigue que al coronel Lima suelte la lengua. Lima realiza entonces unas declaraciones que se entendieron como una advertencia a los responsables intelectuales en la sombra de que no iba a resignarse a ser un chivo expiatorio. ¿Cuál es la situación de Claudia Méndez en cuanto a su seguridad?

–Claudia quería traducir el libro. Necesitábamos a un traductor que conociera el caso, la terminología legal de Guatemala, acrónimos, etc. Ha realizado estudios de Literatura en Nueva York y contó con la ayuda de los editores de Anagrama. En la actualidad, informa sobre casos que, dado el clima actual en el país, resultan más peligrosos que el caso Gerardi, y lo cierto es que posee un perfil de alto nivel como reportera en Guatemala.

–En el arte del asesinato… vemos que varias personas de mucha confianza del padre Gerardi eran gente peligrosa, como la China, la guapa hija secreta de monseñor Hernández, canciller de la Curia, que pertenece a una banda de secuestradores y también traficaban con arte sacro.

–Sí, el canciller de la Curia, que era el protector de Orantes y casi una figura paterna para él. Representan las viejas maneras del sector ultraderechista de la Iglesia católica de Guatemala, muy cómodo con el poder militar establecido; son personajes muy folclóricos, parecen salidos de una vieja novela del Boom. Eran más o menos corruptos y de moral dudosa en varios sentidos. El gran error del arzobispo Penados fue permitir que Hernández llegara a ser tan poderoso, y por supuesto haber destinado a Orantes a la misma parroquia que su obispo políticamente más importante y esencial, Gerardi. Creo que el sentimiento de culpa por un error así lo mató; puede decirse que murió de depresión, con el corazón roto.

–Hay ya varios oficiales condenados como responsables del asesinato, pero las muertes continúan. Sigue habiendo coacciones a testigos e investigadores, y amenazas contra familiares directos de quienes trabajan en esclarecer el caso.

— Bueno, el ejército de Guatemala y sus aliados tienen dos maneras de tocarte:

  1. Físicamente: te amenazan, te persiguen, te matan.
  2. Psicológicamente: tejen propaganda sucia sobre ti y los tuyos.

Más de veinte personas relacionadas con el caso han sido asesinadas; evidentemente, no todas lo estaban directamente. Pero la mayoría de crímenes, como el más reciente, el del coronel Roberto de la Cruz Prado, un testigo potencial de crucial importancia, han sido estratégicos, pretender llevar el caso en una dirección determinada. Y los asesinos también han “mordisqueado” en las orillas del caso, matando a figuras relativamente periféricas. No tendría sentido matar a alguien si al hacerlo lo único que consigues es más presión legal, más investigación sobre ellos. El caso Gerardi se volvió peligroso de verdad tras las condenas de 2001. Algunos organismos y personas concretas han luchado desesperadamente para conseguir que el caso siga adelante. Para poder llegar hasta otros implicados, incluso hasta militares sumamente poderosos y cargos políticos. Es necesario llegar hasta el final. Hay muchas razones para ello.

Gerardi y amigo

Monseñor Gerardi y uno de los protagonistas de la investigación, Ronalth Ochaeta

–Sueles hablar del miedo y hace poco decías que, al menos en lo que a ti se refiere, ya no hay motivos para dejar de ser intrépidos. Pero ¿no crees que en el periodismo de investigación que tú practicas el miedo es un valor necesario?
–Sí, el miedo está ahí. Todos los que participaron en este caso han tenido que aprender lo que es convivir con el miedo. Todos los profesionales de la justicia comprometidos en esta historia han tenido que soportar un nivel de amenazas y actos de intimidación difíciles de imaginar. Me impresionó muchísimo la manera de llevarlo de muchos de ellos, con humor, con mucho humor negro, y firmeza. Me impresionó y me inspira mucho.

-El arte del asesinato político tiene un final más esperanzador que La larga noche de los pollos blancos, que también trata de un complejo crimen en Guatemala. ¿Es realmente así?

–Bueno, una es una novela, y pese a lo que sugiere el final, no estoy hablando sobre el futuro político de Guatemala. La historia de Gerardi es la narración de un caso criminal que, asombrosamente y contra todas las circunstancias, ha tenido éxito.

–Precisamente éxito que ha tenido en Estados Unidos tu libro, donde además de los elogios unánimes, ha optado al Premio Warwick, compitiendo con Naomi Klein y Vila-Matas, ¿sirve para blindarte en Guatemala?

-Bueno, gané dos premios, sí. Y el jurado me escribió para decirme que oficialmente quedé en segundo lugar en el Premio Warwick que llevaba, imagínate, un premio de 50.000 libras. La gente más peligrosa de Guatemala, igual que en México, no es que se deje impresionar por los premios literarios. Es de los muy pocos admirables ejemplos que nos dan, supongo.

–¿Cuándo decidiste que el reportaje «Victory in Guatemala», publicado en The New York Review of Books en 2002, debía convertirse en un libro?

–Conforme pasaban los años, estaba convencido de que nunca sería un libro, porque no quería escribir otra crónica de un fracaso. Porque todos pensábamos en algún momento durante el proceso de apelaciones, que un tribunal corrupto o intimidado iba a darle un vuelco a los veredictos. Cuando en 2005 el Tribunal de Apelaciones confirmó los veredictos de condena, supe que tenía que escribirlo.

–El miedo es una referencia constante cuando hablas de Guatemala. En El arte del asesinato político, en una escena impactante, nos describes a una campesina maya con una mirada cargada de terror. ¿Guatemala va a dejar de ser por fin El país del susto?
No, sigue siendo un lugar espantoso. Hay demasiada violencia, delincuencia común y crimen organizado, y recientemente incluso se está dando un aumento de los crímenes políticos. Por término medio, cada día mueren asesinadas más de 20 personas, eso es más que en Irak. El 98% de los crímenes queda impune, de manera que sí, Guatemala sigue siendo el país del susto.

–Optas por un estilo muy periodístico, sin adornos literarios para transmitir la máxima credibilidad a los datos de la trama. Pero es inevitable leer El arte del asesinato político como una novela, por la riqueza de los personajes, los golpes de efecto que llegan al descubrirnos las conexiones inesperadas entre ellos. Por momentos me recordó al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes y de 2666, por esa manera de colocar a todos los personajes al mismo nivel y crear una polifonía de voces y destinos. Hay quien ha visto ecos de Graham Greene, de Le Carré… ¿Pensabas en algún escritor como modelo al escribir esta crónica?

-Pero la buena literatura no debe tener adornos, ¿verdad? La verdad es que no tenía modelo. El único libro que leía a veces, por lo limpio y concreto del estilo, es The Michael X Murders, de V.S. Naipaul, una larga crónica publicada hace décadas en el New York Review of Books. Tengo una tonelada de admiración por 2666 y por Bolaño, pero cuando leí 2666 en el verano de 2005 ya había encontrado mi manera de escribir este libro. Aunque quizá sí, de alguna manera, me prestó algo de la energía narrativa demónica de ese libro, esa polifonía que también intenta dar vida a lo concreto, los detalles, que es como intentar hacer bailar las tumbas en un cementerio o algo semejante. Al final de las cosas, un crimen como el asesinato de Gerardi y los asesinatos de Ciudad Juárez comparten cierto parentesco, nacen del mismo lado oscuro y sórdido del poder y del ser humano, de una parecida corrupción y cinismo. La atención que implica narrar un caso legal como éste, o narrar todas las muertas de “Santa Teresa” como Bolaño lo hace en 2666, es expresión de una casi mística creencia en la dignidad humana, o simplemente en la vida, y la enorme tragedia de perderla antes de tiempo.

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George Clooney es productor del documental (imagen de LA Times)