Feliz Año (no muy) Nuevo 2022

Bueno, pues aquí estamos… Para mantener el ánimo, un concierto del gran Manu Dibango, al que tuve la suerte de ver en su concierto en Barcelona en el siglo pasado. Para constatar, una vez más, que si se trata de música, a mí fundamentalmente me han sacado de casa músicos negros. Y, abajo, la cara de póker de Lady Gaga me representa mientras observo desde Arles con sorna y resignación la gran ofensiva de Anagrama para erigir al beato Chirbes en el gran profeta del apocalipsis que (supuestamente) no quisimos ver y no queremos ver. Apocalipsis que, reventado sobre nuestras cabecitas, por supuesto, tampoco queremos aceptar.
Esta aventura recuerda tanto la ofensiva de Alfaguara para enterrar el impacto de la crítica de Echevarría contra Atxaga como la peli de Spielberg, Salvad al soldado Ryan. Anagrama ha perdido a tantos autores tótem que tiene que salvar al último de la línea de apellidos-gold. Es toda una lección de artes diplomáticas editoriales la irrupción de Jordi Llovet desde El País en catalán para dictaminar que los diarios del quidam son lo mejor ¡en 50 años! Con el título del artículo, Ética i estètica de les lletres casi me ahogo de la risa. A mí, que me chiflan las hipérboles, el texto me ha encantado de principio a fin. Es fabuloso por su mezcla de tufillo a faja publicitaria y aviso a jovenzuelos dizquescritores, dizquecríticos literarios. Me pregunto cómo le habrá sentado el sapo a Ignacio Echevarria, después de insultarme públicamente para defender a Llovet en un artículo titulado Melancolía y socialdemocracia sabiendo ya que, desde aquel 2011 hasta hoy, se ha demostrado que lo que escribí en mi blog, y que dio pie a su «comentario», se ha cumplido en todos los puntos, que Llovet se levante en 2021 descubriéndole a Chirbes carne de inmortal y Panteón cuando no lo mentó una sola vez mientras estuvo vivo. Parecía estar del lado de IE cuando Muñoz Molina escribió el famoso «En folio y medio» –en su momento supe del escandalillo precisamente por Llovet– y ahora obvia diatribas, controversias –cebándose en el ya fácil Pérez Reverte– y excesos verbales para levantarle un monumento encareciendo incluso el detalle de la orfandad y pobreza del niño Chirbes. Llovet, tan impermeable al mérito y al esfuerzo personal, tan sensible a los apellidos, a la posición social y al intercambio de favores, en el esplendor de su tartufismo nos regala un encomio del pobre que alcanza la celebridad y el reconocimiento de los mejores entre los mejores gracias a su talento literario y su penetración lectora (de otras penetraciones hablaremos en otro post).
Este es el tipo de chistes que me alegran la vida. Hablo en serio, por tutatis. Doy por bien pagados mis impuestos que mantienen las corruptelas, superpensiones, y antes los sueldazos, de Llovet y otros profesores y politicastros como Laura Borrás, por estos momentos de regocijo y de penetración noumenal.  😀 😀 😀

Significativos, de otra forma, los artículos erigiendo a Chirbes en fino y penetrante (¡y dale!) observador de la catástrofe arquitectónica del país por mor de la especulación -en El País– y en CTXT –¡en ctxt! ¡en ctxt! — con firma de Sebastiaan Faber sobre lo pertinente de las críticas del héroe de Tavernes al linaje de la historia de la crítica literaria desde los tiempos del killer-Franco que Gracia establecía en su interesante La resistencia silenciosa. Aquí hay mucha chicha en la que hincar el diente y me cuesta creer que Faber no se haya dado cuenta de algo que ha ocurrido mientras él ya estaba vivo: el desfalco cultural que se operó en los años ’80 en la universidad española, por lo menos en la Facultad de Letras. De esto no se puede hablar, pero sus efectos se prolongan hasta hoy y explican, entre otras cosas, esta corriente literaria española, alimentada por las editoriales más pijas, de literatura de la precariedad y la pobretería versus otra corriente en que el saber más sofisticado nos viene servido por el pijerío ilustrado.
Vamos, Sebastiaan, que en este cambiazo no entran ni la Cia ni el Mossad: esto forma parte de la cadena de decisiones que se toman y se dejan de tomar cada día y por cada cual.

Prometo -aunque ¿a quién?– que un día de estos hablaré de lecturas recomendables.

La felicidad del lobo, de Paolo Cognetti en Mercurio

felicidad lobo portada

La última novela del italiano Paolo Cognetti, La felicidad del lobo, contiene ingredientes susceptibles de gustar a públicos muy diversos. Creo que queda por detrás de Las ocho montañas, pero sin duda su descripción de la montaña como un elemento vivo que reta al individuo en un momento de crisis generalizada de los sistemas de vida que ofrece no solo la ciudad sino el capitalismo globalizado constituye un cuestionamiento y una respuesta a tomar en consideración.
En algunos momentos me recordó otra novela inspirada en la filosofía hemingwayana, con grandes descripciones del paisaje montañés, los quehaceres del lugar y los caracteres perfilados por la dureza de los horizontes vitales; me refiero, claro, a Los bravos, de Jesús Fernández Santos.

La reseña, en Mercurio       →

El escritor y su perro Lucky

Mediterráneos: Lia Piano y André Aciman

planimetria portada seix barral

Ayer se publicó en Mercurio la reseña doble de sendos libros de memorias que recomiendo a todo aquel que quiera tomarse un respiro de la actualidad y/o sienta curiosidad por otros modos de narrar un género tan trillado como las memorias de infancia: Planimetría de una familia feliz, de la italiana Lia Piano, y Lejos de Egipto, de André Aciman, en Seix Barral y Libros del Asteroide, respectivamente. Los dos me sorprendieron por darme algo muy distinto de lo que esperaba y ambos tienen en común, además de la desbordante vitalidad del mundo que describen, la excelente traducción, de la mano de Isabel González Gallarza para Lia Piano y de Celia Filipetto para Aciman. El lector comprobará que con una traducción menos atenta al detalle la chispa que desborda la prosa de estos escritores tan diferentes nos pasaría por alto.lejos de egipto covert

Foto de portada de Herb Ritts

«Duelo siempre latente», El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

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Ya puede leerse en la revista Mercurio la reseña dedicada al último libro de la escritora Cristina Rivera Garza, El invencible verano de Liliana. Su dispositivo narrativo recuerda a Jane, A Murder, de Maggie Nelson, un relato construido mediante poesías y extractos del diario de Jane y de las investigaciones del crimen. El libro no está traducido al español a día de hoy, que yo sepa.

El libro es, por supuesto, interesante y colma un vacío de testimonios directos en México, pero también dice mucho, y nada bueno, sobre el mundo de las grandes corporaciones editoriales españolas y sus estrategias comerciales, pues pocos ignoran que el tema de la violencia doméstica, de los abusos sexuales y, sobre todo la extensa bibliografía seria sobre el asunto considerado desde diferentes vertientes y disciplinas (política, sociología, psicología y psicoanálisis, jurídico) no nació con el movimiento americano MeToo.

Rivera Garza trabaja el texto de modo que resulte un concentrado de evidencias y transmita las diversas emociones que atraviesan las víctimas colaterales del crimen: familia, amigos cercanos. No deja duda sobre su intención –homenaje y denuncia– mientras Nelson  opta por combinar los planos narrativos generados por los diferentes géneros –cartas, diarios, declaraciones de sus allegados, notas de prensa, reflexiones de la propia autora– con el propósito de desactivar el morbo ligado a toda historia de crimen, y específicamente del crimen de una mujer joven. Su relato resulta vago, evocador y fantasmal como la presencia de la asesinada, e irresuelto, pese a haberse dado con el criminal. Esa vaguedad, esa irresolución reflejaba de forma intuitiva las dudas sobre la identidad del auténtico criminal, dudas que se confirmaron cuando los avances técnicos en análisis de pruebas, incluido el adn, permitieron identificar al asesino. Nelson recogió esta experiencia en otro libro, The Red Parts.

En cierto modo, puede decirse que ambos libros muestran una manera femenina de aproximarse a este tipo de crímenes que tienen a las mujeres como víctimas «naturales»: combinando diferentes planos y secuencias, apoyándose en diferentes géneros sin jerarquizarlos según su mayor o menor raigambre intelectual, acercándose al hecho mediante rodeos hasta alcanzar el núcleo duro del tema, y postulando una reflexión sobre el imaginario de cada época en torno a la libertad de la mujer y sus ambiciones de emancipación.

También es digno de subrayarse el modo como, desde las universidades y desde púlpitos legitimadores como revistas y diarios de gran circulación, las «expertas» españolas en feminismos y literatura de mujer se han apoderado de un tema que llevaban 25 años desdeñando.

Jane and Maggie retratos

In «Jane: A Murder,» poet Maggie Nelson (right) explains her rationale for writing a true-crime book about the 1969 killing of her aunt (left) that doesn’t focus on the killer: «It is Jane’s murder / that interests me. / His crimes do not».


Duelo siempre latente

«Fue a partir de 2007 cuando el público lector español captó el gran interés de la obra de Cristina Rivera Garza (Matamoros, México, 1964), con la publicación de La muerte me da, una novela donde la hibridación de géneros y la indagación en la potencia expresiva del lenguaje resultaba en una historia que conjugaba audazmente el relato policial con el vanguardismo literario.»

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KA, de Roberto Calasso

Republico la reseña que escribí para La Vanguardia-Libros con motivo de la salida de Ka en español, hacia 1999. Con traducción del argentino Edgardo Dobry.

ABOUT PASSION -- De fotografía y otros entusiasmos


Un Deva
En la presentación de Ka, dedicado a la espiritualidad hindú, Roberto Calasso proponía que el lector superase el temor que pudiera experimentar ante un universo tan exótico y alejado de la realidad occidental zambulléndose sin más en su lectura; a fin de cuentas, aseguraba, en él se abordan temas tan elementales como la respiración y el sexo. Calasso dice la verdad, pero es la verdad de un erudito que, después de recorrer aquella cultura con material de primera mano –los textos sagrados, que ha estudiado valiéndose en parte de su conocimiento del sánscrito–, descubre que de lo que se trata son de las esenciales perplejidades que rondan al hombre desde que abrió los ojos de la conciencia. Por ello, el lector neófito haría bien en pertrecharse de un buen diccionario de sabiduría oriental con lo que evitará ahogarse en el océano de deidades de nombres y formas…

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El reino, de Jo Nesbø en Mercurio

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«Jo Nesbø es un maestro en el arte del equilibrio, de mantener en la cuerda floja elementos concretos del suspense, de darle giros y más giros a la intriga sin falsear lo principal, la coherencia psicológica de los personajes, para ofrecer un final inesperado en el que descubrimos que nos estaba contando algo distinto de lo que creíamos. Así ocurre en El reino, una de sus mejores novelas —confirmado una vez leídas tres de la serie de Harry Hole— por la muy adictiva mezcla de atracción y repulsión que provocan los hermanos protagonistas y la apabullante cantidad de información con que sustenta este relato que tiene algo de compleja versión de Caín y Abel.»
Lee la reseña entera aquí

El Reino noruego

JJ Cale & Jo Nesbo

Estoy leyendo la última novela del noruego Jo Nesbø, El reino (traducido por Lotte Katrine Tollefsen) en un intento de superar mis muchos prejuicios contra la novela policiaca, el thriller, en definitiva las novelas de misterio y detectives; llevo leídas unas 380 de sus 618 páginas y no tengo un juicio cerrado sobre el libro aún. La novela policiaca moderna me parece literatura con ínfulas sociológicas, creo que no he tenido la suerte de dar con un título convincente, por eso suelo preferir su traslación al cine –me gustó especialmente el diseño de imagen y la actuación de Rooney Mara y Daniel Craig en Millenium: los hombres que no amaban a las mujeres, de David Fincher.

Esto para decir que El reino, una novela ambiciosa sobre la relación de dos hermanos de una aldea noruega que se reencuentran después de varios años de ausencia del menor, sus ambiciones, lealtades, conflictos, me está pareciendo de momento una novela muy coqueta. Narrada en primera persona por el hermano mayor,  el treintañero protagonista de la historia, es una novela que se gusta a sí misma tanto como el protagonista, Roy Opgard, quien va revelando datos de la tragedia familiar con una cadencia bien calculada para mantenere el suspense; escrita con enorme conocimiento de las reglas del bestseller de calidad, Nesbø salpica el relato de información práctica de toda suerte, descripción pormenorizada de técnicas, objetos, de marcas de coches y sus prestaciones, arquitecturas, de referencias cultas, también de la cultura pop, y entre ellas menciona la música que escucha el  protagonista, empleado de una gasolinera en una aldea de montaña y talentoso mecánico, y con una vida interior potentísima, rodeado de un pequeño elenco de pueblerinos modernos. Escucha a J.J. Cale cuando la ansiedad amenaza con desbordarle, un detalle muy elocuente sobre el tono de la historia y el carácter del personaje: hundido en sus conflictos afectivos, de lealtades exigentes autoimpuestas, de deseos no saciados, el particular tono de JJ Cale pauta su resistencia mental que le impide hoy, un día más, lanzarse de morros contra la pared al volante de su Volvo 420 y terminar con todo. Pero veremos cómo llegamos hasta la 618.JoNesbo portrait

Jo Nesbø posa para la prensa. La imagen que vende. Parece inevitable prestar sus rasgos al protagonista, restándole años. Ese tipo de coquetería del capitalismo moderno que nos deleita.

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Mi artículo sobre Fuguet en Harvard y Yale

Hace unos años publiqué en la revista Dissidences, de la universidad Bowdoin de Massachussets, un largo artículo sobre la novela de Alberto Fuguet, Missing (Una investigación).  Los artículos se evalúan según el procedimiento de «doble ciego», es decir que se leen considerando exclusivamente el contenido y una vez aceptado se accede a los datos del autor, al que se contacta y se dan indicaciones si conviene aclarar algún punto o ajustar detalles de su presentación a las normas editoriales de la revista. Entre las herramientas que la página pone a disposición de los autores está el panel de control (dashboard) que incluyen datos de descargas y la ubicación de los centros desde donde se descarga el artículo; si se trata de particulares, estudiantes o profesores que lo bajan desde sus domicilios, suele aparecer el dato geográfico junto con un «unknown institution». Al echarle una ojeada, hoy descubro que desde la Universidad de Harvard se ha descargado dos veces (como se ve en las capturas de pantalla que incluyo). Otras tantas en Yale.
La gracia del asunto, como sabrá el que lleve algún tiempo leyéndome, es que aquí en Barcelona estoy desde hace mucho tiempo ninguneada o, según la jerga actual, «cancelada». En Madrid y otras regiones me publican según les convenga pero pagándome unas cantidades tan ridículas, tan tarde y sabiendo yo que a colegas hombres les pagan más, que las condiciones se vuelven disuasorias.
En fin… no tengo la mañana para extenderme en agravios, pero recordemos también que Padura está nominado por su bodrio-novela al IV Premio de Novela Vargas Llosa, nada menos que en competición con Juan Gabriel Vásquez, que ha publicado recientemente Volver la vista atrás, una de esas novelas-río que suma una pieza valiosa más a su panorama de la historia colombiana reciente desde esa perspectiva que le es propia del implacable alegato edípico en tono calmoso. En esta novela aborda el tema de la guerrilla de las Farc, los estragos (de nuevo) del comunismo (aquí del maoísmo), a través de la pasmosa experiencia de la familia Cabrera, con protagonismo del director de cine Sergio Cabrera.
Aunque por coherencia con los métodos españoles de visibilización de escritores debería ganar Padura, es decir un farsante que miente sobre la realidad cubana y que ha puesto en las librerías un mejunje asombroso de personajes y escenarios con el label de la antaño prestigiosa Tusquets, supongo que será la novela de Vásquez, que recurre en ciertos momentos a estrategias del Philip Roth de la Pastoral americana y del García Márquez de Noticia de un secuestro, la que se alce con el premio. O cualquier otro…pero insisto en que por coherencia con la realidad cultural española debería ganar un plagiario.

El remitente misterioso por Proust, Fraisse y Pauls

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Hoy me ha llegado el volumen de relatos inéditos (hasta hace nada bien sûr) que Proust guardó, Luc Fraisse recuperó, transcribió y dio conocer al mundo y Alan Pauls ha traducido al español y prologado en edición de Lumen. Muy bien concebida la edición, incluso para quienes reaccionan con sarpullidos a las notas al pie, que aquí no faltan. Cada relato tiene su presentación y alguno se acompaña de notas sobre variantes del texto. Hay una segunda parte, me figuro que más para fanáticos y curiosos de la gran novela proustiana, titulada «A las fuentes de En busca del tiempo perdido«.
La espera en la cola de Correos para recoger otro paquete se me ha hecho cortísima leyendo el prólogo de Pauls… No hay manera de pillarlo en un renuncio: siempre es interesante.

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Gimferrer contra Trapiello / Trapiello contra Gimferrer

Continuando con el asunto de la polémica en torno a Gil de Biedma, vale la pena detenerse a pensar de qué va el caso realmente, y qué intenciones tienen los promotores de la polémica. En el caso de García Montero ya dijo que se sentía en deuda con el poeta catalán, así que es natural que aproveche su posición dentro de la institución del Cervantes para promover el homenaje. Es obvio que él encontrará más razones para celebrarlo que para denigrarlo, como suele suceder cuando alguien con relieve social favorece a una persona más joven en un campo como la poesía. Se trata de ese tipo de deudas que complace saldar y hasta vanagloriarse de la deuda.
Trapiello plantea, como viene haciéndose en los últimos años, si hay que pasar por alto las acciones miserables de personajes socialmente relevantes y apreciados, como aquí Gil de Biedma. El asunto va ligado a controversias como las que envuelven a figuras célebres y celebradas como Polanski y Handke o polémicas como Celine. Personalmente, reclamo el derecho a decir que no soporto a tal o cual artista y que no tengo por qué matizar ese aborrecimiento. Igual que hay quien tiene debilidades incomprensibles por figuras ue nos parecen menos que mediocres o irrelevantes. Y tengo derecho a mi aborrecimiento porque nada, salvo el ínfimo porcentaje de sus ingresos que pueda corresponder a que yo compre o no sus obras -libros, entradas de cine, dvd con sus obras completas en el caso de un director, camisetas, pósters, etc– afecta al libre desarrollo de su arte. Junto con mi libertad de aborrecer porque sí va la conciencia de que, en lo que tiene de pulsional, tampoco puede tomarse muy en cuenta a la hora de emitir un juicio ponderado sobre las acciones del artista en cuestión.

Como el cine es un arte que sí me interesa, me importa cómo se trata el tema Polanski. En principio, para mí bastaba que hubiese llegado a un acuerdo con la chica a la que violó para cerrar el caso. Si ella, de adulta, sopesa los aspectos del problema y decide con libertad qué le conviene para pasar página, puedo considerarlo una de las salidas posibles del trauma. Ahora bien, cuando surgen nuevas denuncias de mujeres que relatan hechos similares y hablan de violencia, de violación pura y dura, el asunto adquiere otro cariz y considero un insulto a la inteligencia que, so pretexto de que el fulano a veces -no siempre– realiza buenas películas, debemos pasar por alto que una parte muy concreta de la población –chicas rubias que guardan parecido con su mujer asesinada por la familia Manson- despierta en él un determinado comportamiento que las leyes consideran delictivo.
En El Quijote se lee un aforismo, de boca de un «discreto caballero», que va pintiparado a los casos que se discuten estos días: «letras sin virtud son perlas en el muladar«.
Al mismo tiempo, vale la pena preguntarse si ciertas guerras o batallas a las que se nos convoca como ciudadanos son verdaderamente nuestras guerras o se nos está utilizando para otro tipo de negocio.
A saber, Trapiello relata que hace años ya sacó el asunto de la escena de Gil de Biedma y el niño prostituido y que los tres amigos de GdB, Gimferrer, la Regás y la Moix, le quitaron importancia. No sé si la enemistad entre Trapiello y Gimferrer viene de ahí pero a mí me tocó asistir a una escena sobre ese desprecio mutuo que no me hizo ninguna gracia.
Tras leer mi novela publicada en Mondadori –envié yo un ejemplar, si no me equivoco–,  Gimferrer decidió que le había gustado bastante y me llamó para hacer de nuevo lecturas en Seix Barral. Conviene recordar que leer para él como director literario de Seix, antes de venderla a Planeta, fue precisamente mi primera colaboración como freelance al salir de la CCRTV. Pero en 1997 no me apetecía aceptar una tarea menor como leer manuscritos y algún que otro libro en francés, tarea pésimamente remunerada además, pero era imposible decir que no a un Gimferrer como en su momento era imposible decir no a Anagrama.
Como en otras editoriales, el ritual consistía en pasar al despacho del editor, comentar de viva voz las impresiones más relevantes sobre el texto y entregar los informes, que a veces él leía mientras yo permanecía sentada muy formal esperando el fin del teatrillo. A menudo G. estaba recostado en su sillón giratorio con las largas piernas sobre la mesa y rodeado de un mar de mecanoscritos y de libros, algunos de otras editoriales. También era habitual en él explayarse a partir de los textos informados sobre diferentes asuntos, siempre con mucha erudición, algo que en mi primera etapa –aún menor de 30 años– me hacía muchísima gracia. Dicho de otro modo: era un bonus nada despreciable añadido a la tarifa entre mísera y mediocre.
Supongo que las lecturas de aquel día eran irrelevantes e impublicables y no recuerdo por qué sacó a colación una pulla de o contra Trapiello –del que yo solo conocía el nombre-. Dijo que había escrito un soneto y lo leyó muy ufano.
A mí no me hizo la menor gracia por lo que contaré enseguida, así que apenas terminó de leer, y con el asunto de los informes ya cerrado, me levanté y le dije en un tono que recuerdo de ironía y fastidio: «La culpa de esto la tiene Quevedo, que ha hecho creer que el insulto es un arte».
Piénsese la situación: llevaba yo siete años como free-lance y básicamente lo que había encontrado era mucho trabajo por debajo de mi formación y experiencia o, cuando coincidía con esta, muy mal pagado, y dilación insoportable en los pagos. Había dejado el puesto en la televisión, donde estaba muy bien considerada, para convertirme en el pimpampun de cualquier desaprensivo. En los dos últimos años previos a esta charleta de Gimferrer yo había tenido que digerir la deslealtad de Jordi Llovet, para quien trabajé por cantidades irrisorias, sin seguro, con la promesa de no dejarlo tirado como habían hecho otras chicas a las que había colocado en posiciones más ventajosas que la mía, y el acoso del editor Toni Munné en Planeta NoFicción. Pese a que prácticamente toda la gente a la que yo trataba estaba al corriente del mal trago que estaba yo atravesando, agravado por el acoso de este canalla, no hubo nadie que le diera un toque para pedirle que me dejara en paz.
Una vez publicada la novela, no solo no se hizo una gestión profesional sino que me vi tratada de lo peor, incluido de «bastarda» –algo que no corresponde, dicho al pasar, con la realidad concreta–, de «gilipollas» por ese mismo Munné. Se me cerraron muchas puertas por la lectura pacata que se hizo, y que Ignacio Echevarría no corrigió como debería haber hecho al haberme animado a publicarla. De modo que, con el agua al cuello económicamente y a punto de caer en una profunda depresión –como diagnosticó el médico en su momento– no me divirtió lo que un tipo, poeta y eterno aspirante a Premio Nobel, con las patas sobre la mesa, un sueldo a tono con el cargo, me tomara de rehén de sus rencillas y pretendiera que le riera una gracia que yo no vi en ninguna parte.
No era mi guerra y tampoco lo es lo que pudo hacer Gil de Biedma y este asunto es una cortina de humo más sobre problemas más graves del mundo de la cultura.