Brava

gloria-steinem-my-life-on-the-roadMe encantó este libro y me encantó su falta de ego, que es lo que hace de ella una excelente periodista, considerando la cantidad de atención que recibió desde muy pronto en su carrera. Me alegra que la hayan traído a España. Estaba traducida a los principales idiomas antes de que nos llegara vía televisión la «fiebre Gloria». Las páginas que dedica a su padre y al periodo de la Gran Depresión son imprescindibles y aportan un prisma inesperado desde el cual considerar su figura y su trayectoria.

Mi propuesta para próximas ediciones del premio cantábrico: las psicoanalistas y brillantes escritoras francesas Julia Kristeva y Élisabeth Roudinesco. Las dos han sido bien traducidas y son precursoras de Siri Husvedt. Por cierto que Pouvoirs de l’horreur. Essais sur l’abjection, de Kristeva –que no sé si está traducido al español–, vendría al pelo para observar y analizar los últimos acontecimientos, publicación de escandalosos o desconcertantes diarios íntimos y revelación de pseudónimos femeniles incluidos.

Si Chirbes no habla mierdas de ti en sus diarios, ¡eres un loser!

En la guerra, como en la guerra; mi prima me presta el arma… que este mundillo tiene más peligro que  Vietnam

Algunas perdemos el huequecito para colaborar en un diario por preguntar en negro sobre blanco por qué salen tantas putas y tan pocas mujeres con una profesión en las novelas de habla hispana –pero, claro, fue antes del MeToo–, vamos que la valentía nos cuesta el poder adquisitivo.

Y luego están los que, teniendo prácticamente todas las puertas abiertas para publicar donde deseen, se guardan la mascletá final para cuando están criando malvas. Ni Tarantino salpica tanto, oyes.

I’m sorry, my honor, I’m sorry, no lo entienda como desacato a su autoridad, impuesta por la fuerza de la ley (del mercado y del pijerío), por haberme reído mucho mucho mucho con las andanadas, invectivas, feroces críticas, insultos, denuestos y etecé etecé que el Insobornable lanza contra sus colegas. Ni  los truenos de Júpiter, oyes.

Qué honor, después de haberle lamido el culo hasta dejárselo cual patena de vieja iglesia católica, después de haberle llamado maestro en presencia de todos los plumillas, después de haber engolado la voz para sentenciar que menos mal que está él para hablar de los desmanes de la economía ultraliberal, él y solo él, la reserva moral de occidente, recibir sobre tu cabeza la mierda que el Insigne arroja sobre tu obra desde el más allá traído más acá y hasta tus pantallas por los intermediarios que aún arañarán unos miles de eureles con los diarios y otras obras maestras que sin duda, cual bolaño levantino, esconderán los discos brutos, digo duros, de sus ordenadores. Ya los veo en el horizonte, con títulos para la historia: Insultos y otros poemas, Plagio y Amnesia (a la manera de Beckett), Alegría ormosensual (Inspiración Queneau), Ayer me morí y hoy no me puedo levantar (Au Café du Surréalisme je m’assis avec Modiano et autres fantômes)

¡QUIERO QUE ME INSULTE! ¡QUIERO MI RACIÓN DE INSULTOS DEL VALENCIANO MÁS COMUNICAPITALISTA QUE POBLÓ EL SIGLO! ¡YO TAMBIÉN SOY ALGO! ¡YO TAMBIÉN MEREZCO LOS INSULTOS DE CHIRBES!
Chicas reales en lugares reales con oficios reales

Solvencia y servilismo, 1

Lo real - Gopegui

Las última noticias del submundo literario –premios y otras idolatrías– son tan grotescas que darían risa si no estuviesen implicados quienes lo están, gente de mucho poder y mucha cartera. Me he reído sardónicamente con las críticas que todos los diarios han difundido del genio de Tavernes contra Pérez-Reverte. Supongo que estará borrando todas las frases elogiosas que le dedicó, de maestro para arriba. Aunque no entiendo por qué no expresó su opinión en su momento; no es como si esas mismas «opiniones contundentes» (por copiarle la expresión a Nabokov) salieran de los diarios íntimos de Javier Marías. Me ha sorprendido bastante más la parcialidad y supreficialidad de la crítica a la novela Lo real, de Belén Gopegui. Ahora no voy a detenerme a hacer una crítica detallada –en ella, Gopegui trata de un medio que yo conocía de primera mano en las fechas de una porción significativa de la acción del relato, cuando Pilar Miró era directora general de la Radio Televisión Española con el gobierno socialista y cayó por la campaña que promovió Alianza Popular; la corporación audiovisual catalana, donde yo trabajaba, también se había lanzado a una reconstrucción de la realidad a través de la representación que de ella ofrecían la pantalla y los grandes medios en ese sentido que ha alcanzado su eclosión y límite en los últimos años, con el Procès–. La novela que Chirbes tacha de aburrida es apabullante en su ambición, en la recopilación de datos y en el perfil psicológico que atribuye a los protagonistas. Por supuesto, el estilo literario, entendido como composición de un determinado lenguaje para suscitar y con suerte obtener un determinado efecto sobre el lector, a la vez que para seleccionar a qué tipo de lector desea atraer, es elevado; como su novela anterior, esta era y se entendió como un alarde de superioridad intelectual. Ella tenía menos de 40 años y en esas fechas prácticamente todas las escritoras eludían el asunto político, prefiriendo el diarismo disfrazado de novela o el policiaco; entre los escritores de esa misma edad predominaba un neomalditismo estomagante.

La novela en cuestión también es, por decirlo de una vez, elitista, tratándose de una narración política que juega muchas de sus bazas –mensaje, discurso, lugar del narrador– a partir de las tesis brechtianas. No recuerdo si en esta o en La conquista del aire, su novela anterior, parafrasea unos poemas de Brecht, sin advertir al lector ni en prefacio o notas finales–. Más que aburrida es inverosímil en relación al escenario en que sitúa una parte de la acción (la televisión pública) y olvida, como es habitual en sus libros políticos, el componente inconsciente y aquellos aspectos de la conducta más irracionales, más rastreros, más primarios. Sin embargo, recuerdo que me llamó mucho la atención lo bien elegida que estaba la enfermedad de la mujer del protagonista. Gopegui, que parece desdeñar el aspecto simbólico de acciones, relaciones o discursos, mataba a la mujer del protagonista de una enfermedad de la sangre: el rencor activo del hombre que construye su vida como venganza por la injusticia sufrida por el padre (caso Matesa) se vuelve un tóxico.

La pregunta que yo me hice, después de leer semanas atrás a varios críticos literarios o directores de suplementos que se refirieron a la correspondencia de Herralde, en la edición de Jordi Gracia— y recordaban las cartas que recibieron del director de Anagrama con reproches cuando no mencionaban a sus autores o sus títulos como él consideraba que merecían, es si de haber seguido Gopegui en Anagrama se habría censurado o no esta parte de las opiniones de los diarios del autor de Mimoun. Naturalmente, y como seguramente muchos, antes me pregunté cuántos periodistas, jóvenes críticos, escritores que despuntaban, cayeron de diarios y revistas por una queja de tal o cual editor.