Fragmentos de un discurso amoroso

El valor y el interés de una novela crece con los ecos que es capaz de despertar, las reflexiones que detona. Así sucede con una novela breve que acabo de terminar, Los días perfectos, de Jacobo Bergareche, publicada por Libros del Asteroide (una editorial en la que no he leído todavía nada malo, ni siquiera aproximadamente malo). Aunque no es una novela redonda, lleva a recordar los amores de William Faulkner con Meta Carpenter y su nidito de amor en Hollywood –el ático del hotel representado en esta postal vintage–, que brinda la metáfora de todo el relato; las alusiones al Pedro Salinas de La voz a ti debida señalan otro punto cardinal del texto, en forma de misiva más o menos amorosa, y que en conjunto resulta una aportación contemporánea a un libro siempre moderno, Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes.

¿Pero adónde fueron los años 70?

Foto Ros Ribas 1983?

haciendo limpieza estos días, reapareció esta foto que me hizo el Ros en el 83. Andaba él probando un nuevo objetivo y yo iba, como solía, a charlar a su estudio antes de ir a la universidad o en cualquier rato suelto. Supongo que cursaba 2º de carrera y no podía estar más decepcionada de lo que había resultado ser la universidad. Lectora voraz desde muy pronto, creía que iba a encontrarme un ambiente progresista y de verdad moderno, un Berkeley en Barcelona y no. Había profesores que preparaban bien sus clases, pero era chocante verlos persiguiendo jovencitas y jovencitos, por no hablar de aquel momento memorable en que los que habían ido de progres cambiaron la pana por los abrigos de marca a lo intocables de Eliot Ness. El catalanismo no había causado aún los estragos que ya conocemos.

Por entonces me preguntaba por qué estaba tan decepcionada; hoy no me extraña, el sistema premiaba a los pijos y a los perezosos, era arbitrario y anticuado el programa, jerárquico, fue la reacción de los años 80 contra los 70, el perfeccionamiento del consumismo.

El libro de Mary McCarthy, Retratos de Watergate, se publicó en el 74; lo compré como se ve en la firma, en el 83, a 190 pesetas, supongo que sería medio ganga. Había leído de ella El grupo, después de ver la película. Curiosamente, mi opinión de entonces coincide con la que a Norman Mailer le valió el vapuleo de unas y otras feministas de la época, es decir que la parte más interesantede la trama corresponde a la intriga de la “chica guapa” –papel que en el cine encarnó la más que bella Candice Bergen, luego mujer del gran director de cine de la nouvelle vague Louis Malle–.

Por azares, estos días estoy leyendo sobre conspiraciones más reales que menos, durante el gran periodo conspirativo, los 70, en la Europa occidental y en los USA. Así rescaté también estos retratos que publicó Anagrama cuando publicaba gran cultura y contracultura sin complejos. Puede que las traducciones no sean perfectas, pero a los veinte años importaba más el plano de conjunto y su correlación con los problemas y posibles resoluciones en las que andaba enfrascada. Recuerdo que lo dejé a medias, a falta de referencias para disfrutar cabalmente del texto.

Hoy, con más bagaje e internet para consultar cualquier dato dudoso, me parece un muy solvente conjunto de retratos e impresiones del escándalo Watergate con una voz propia de una escritora no muy conocida/reconocida aquí. Era, por otro lado, una década gloriosa del periodismo de izquierdas y ella misma alude al trabajo del Washington Post. Con respecto a la enorme audiencia que cosecharon las comparecencias de los acusados, Mary McCarthy sostiene la tesis –sugerida, como  no puede ser menos, por un colega francés– según la cual la población estadounidense necesitaba expiar su culpa por Vietnam, de ahí la pasión con que seguían los acontecimientos –las amas de casa estaban al cabo de la calle de todo el intríngulis–. Los retratos son morales, es decir van cargados de valoraciones sobre los comportamientos y declaraciones de los protagonistas. Este tipo de enfoque, con la mezcla de trazo literario y reflexión política, resulta en un retrato del “político profesional” americano, ese varón carne y cerebro de “corporaciones” que ha perdido contacto no con la realidad sino con la realidad de las consecuencias de sus decisiones y asisten perplejos a su acusación. Estamos hartos a estas alturas del tópico del político como delincuente de altos vuelos, por eso un estilo y el relato de los hechos sirve para poner coto al mensaje cínico o resignado que asegura que son males inevitables.

Se lee muy bien y demuestra que no todo el buen periodismo de los 70 empieza y termina en la crítica de la Didion al movimiento hippie. Por el contrario, la Mccarthy es, no menos que su marido el crítico Edmund Wilson, sagaz, certera, elegante e interesante, una buena prueba de lo que me dijo un fotógrafo y traductor catalán : que la cultura de izquierdas puede y debe ser exquisita y muy elaborada.

También produce desasosiego compararlo con el periodismo de hoy, incluso con el que dice ser independiente.

Una mirada severa sobre Paul Bowles: “So Why Did I Defend Paul Bowles?” de Hisham Aidi

Elevated view of an unidentified group of vacationing Americans at a Sunday afternoon cocktail party on Casbah apartment’s roof terrace that overlooks the bay and harbor, Tangier, Morocco, 1950. (Photo by Jack Birns/The LIFE Picture Collection via Getty Images)

Hacía tiempo que no leía un artículo tan bien argumentado contra un escritor bien establecido y apreciado por prácticamente cualquier estamento cultural. En este caso, la figura de Paul Bowles y su relación con Tánger por parte de un intelectual nacido en Tánger, Hisham Aidi, con estudios en los USA y especializado en la cultura afro-árabe. Desde la perspectiva de la teoría poscolonial, utiliza como gancho la crítica feroz que en cierto momento hiciera el papa de la misma, Edward Said, al calificar a Bowles como “el peor” entre los escritores que favorecieron una visión, y una propaganda, distorsionadora de la realidad tanto de Marruecos como de sus habitantes; según Said, so capa de interés por el mundo y la cultura marroquíes creaba un producto de consumo de tipo orientalista.

Personalmente, el artículo no me derrumba ningún mito, ya que a partir de los últimos textos que he leído de Bowles, incluido el homenaje que un extenso grupo de amigos reunió en forma de librito por su ¿80? cumpleaños, para mí encarna sobre todo a un americano que escapó de Estados Unidos y descubrió en el Tánger de la Interzone una isla particular donde sus contradicciones personales, o sus deseos, coexistían sin fricciones capaces de producir el tipo de incomodidad, ¿y de ostracismo?, que habrían cosechado en su país, y tanto más en el periodo de la guerra fría y el maccarthismo. Muy probablemente, sobre todo, huía del tipo de maccarthismo y mitos americanos interiorizados.

La reflexión de Aidi resulta interesante como ejercicio extrapolable a las susceptibilidades que hoy provoca, por ejemplo, Handke, o en su momento dos escritores tan reconocidos como Vargas Llosa y García Márquez, los dos enemigos de la ambigüedad en política. Lo bueno del artículo es que nos lleva a recorrer los conflictos internos de Marruecos, tanto en relación a los regímenes autoritarios -monarquía alauita, panarabistas- como a la identidad e importancia que se atribuye a los bereberes. Nada de esto podemos saberlo si no es de fuentes marroquíes porque con la explicación surge la tensión en que se coloca el autor.

El error que se comete desde el poscolonialismo es que sus teóricos y practicantes también emplean herramientas de análisis y juicio de las actitudes, acciones y expresiones, artísticas y políticas, de los occidentales -y expresamente del grupo beat, el círculo de Bowles y su explotación del exotismo marroquí y disponibilidad sexual– desde una perspectiva que ignora la estructura del pensamiento en que se sustentan esas actitudes, acciones, etc.

«Bowles would settle in Tangier in 1947 and live there until his death in November 1999. It was where he felt most free, away from the constraints of American middle-class life and cold war hysteria. “Each day lived through on this side of the Atlantic,” he wrote in 1933, “was one more day spent outside of prison.”»

Creo que, aunque cite esta y otras reflexiones de Bowles sobre los motivos por los que escapó de Estados Unidos, eso no significa que entienda realmente sus motivos. Creo que convendría profundizar con detalle en cómo era la sociedad de la que huían para comprender que ni Bowles ni Borroughs llegaron a liberarse del todo. Dudo que, aunque hubiesen pretendido esa mudanza completa de su ser -la identidad de la que trata Bowles en Desafío a la identidad, justamente– lo hubiesen conseguido. Hay una porción de cada persona siempre alienada; y nada en una persona dentro de una cultura es del todo accesible para los instrumentos de análisis utilizados.

Es muy probable que Bowles haya sido durante cierto tiempo una figura aprovechable por la cultura occidental y por las elites marroquíes, pero eso no significa que sea el enfoque poscolonial el más certero para entender en qué consistió la experiencia de Bowles, al margen de su conversión en un icono de finales del siglo XX como ideal de liberación y florecimiento artístico, una mezcla de demonismo y glamour, un mito plenamente occidental.

Portrait of American writer and composer Paul Bowles. He is seated, editing a script. (Photo by Constantin Joffe/Condé Nast via Getty Images)

Most of the Time… Bob Dylan {again!}

Me estoy aficionando a Dylan, es decir a escucharlo una y otra vez.
Estoy trabajando en la corrección de un libro que repasa la trayectoria de un especialista en ingeniería de sonido que desde muy joven ha trabajado con las estrellas más rutilantes de la música rock, pop, etc., de Estados Unidos et ailleurs… Y mientras que Patti Smith no termina de convencerme, ni los Beatles ni los Rollings, al margen del carisma de cada uno de ellos, Dylan tiene y mantiene una energía muy especial.