Chirbes y los tartufos

Chirbes-Lucha final

Me ha llamado la atención este verano que los que recomiendan algo de Chirbes se limitan a Crematorio dando la impresión de no haber leído nada más del de Tavernes. En la Correspondencia del editor de Anagrama con sus autores y un sinfín de gente del mundillo, que ha editado Jordi Gracia, leí un extracto donde Herralde se mostraba poco inclinado a publicar una novela de Chirbes titulada En la lucha final. La leí hace muchos años, y me pareció la típica historia que se estilaba en el momento, una pintura cargada de tópicos acerca de la nueva clase social aupada por el PSOE, esa que había olvidado su compromiso con los idealismos de izquierda y la lucha antifranquista. Esta novela incluye una subtrama sobre un escritor falto de inspiración que plagiaba el libro de otro y al publicarlo se veía delatado porque otro más-o-menos-escritor había aprovechado la misma obra. Me sorprende que nunca nadie hable de esta novela y que Marta Sanz no comente otros libros del valenciano. Quienes sepan leer más allá de la literalidad, como se espera de lectores adultos y avezados, habrán observado que Un detective no se casa jamás, de la Sanz, es en parte un homenaje al Crematorio de Chirbes, o mejor dicho a la Valencia espléndida que allí se exalta. También es llamativo que alguien que centró prácticamente toda su obra en Valencia, nombrada como Misent, siempre descrita en tonos sombríos, no hubiese caído antes en el valor literario y simbólico de su luz mediterránea. Porque no era vivencia suya. Porque tuvo que encontrarlo en mi texto para caer en el juego que podía dar. En sus últimas novelas, tras el  éxito de Crematorio, la crítica volvió a destacar la negrura de los ambientes que pintaba.
A Chirbes le ha ocurrido lo que al personaje de su novela, que el plagio del mismo texto por parte de un tercero delata el suyo. En claro: que Padura delata a Chirbes. Sin embargo, Chirbes robó más porque robó todo y luego lo reacomodó -por utilizar la terminología cubana sobre plagios no literales.

De momento estos detalles:

  • en  La playa, p. 48 del mecanoscrito : «Te voy a prestar las llaves del apartamento de la playa en Cullera, dijo, decidiéndose por fin a dar un paso más. Te instalas con la chiquilla y te quedas quince días, yo pasaré a veros los miércoles por la tarde y los viernes, tomáis el sol, coméis bien, si te falta dinero, déjale una cuenta abierta a la del súper que ya la saldaré yo,…»
  • en Crematorio, p. 249 y s.: «Mañana te traigo el dinero, le dice, lo guardas tú, para que veas, tú guardas el dinero […] Le propone irse del club al día siguiente. He preparado uno de los pisos libres de la empresa de un conocido para que Lola pueda instalarse un tiempo. Luego ya pensará algo.»
  • Padura tenía que llenar páginas y más páginas y él o sus negros embuchan material sin ton ni son. En la pág. 547 uno de los protagonistas, Darío, un médico cubano que ha prosperado en Cataluña, pasa el día o la mañana en la playa con la familia. El hijo –que no es de la catalana con la que vive– se ha echado una novia extranjera y varios momentos de la escena son un reacomodo del capítulo que publica JotDown en su número 36. También aqui vemos que le propone a su interlocutor un plan y enumera lo que van a hacer de antemano: “-Porque estaba pensando que yo podía llevarte. Tú y yo solos. Nos vamos en mi carro, almorzamos en algún lugar bonito, alquilamos un hotelito y dormimos la siesta, que sabes que me encanta, nos bañamos y luego seguimos hasta Toulouse. Allá comemos en un restaurante bueno con vino y quesos franceses, llamamos a Marquitos, y después te dejo en tu residencia de la universidad y me voy a un hotel. El domingo por la mañana desayunamos juntos, con croissants de verdad, y yo regreso y estoy aquí por la noche.»

Obsérvese que lo que dice no tiene demasiado sentido, porque ir a Francia y comer quesos franceses es de esperar. En cuanto a croissants de verdad también ha sido fácil encontrarlos en Barcelona en las últimas décadas. Pero el ritmo y el tono es lo que cuenta. Esto puede parecer poco -y es poco respecto a lo de Chirbes–, pero la prueba de que Padura no sabe ni qué dice se refleja en muchas páginas. En mi novela se habla desde el principio de los actores de los años 60 y es una referencia medular a lo que se cuenta. En Como polvo en el viento, en el capítulo mencionado, que arranca con un contundente «Los veranos son calientes en Segur de Calafell» (pág. 528)  también le da por hablar de «la potencia del sol y la plenitud del verano». Al igual que para Chirbes -que naturalmente extrajo de mi  novela inacabada y por ello inédita–, allí «Todo parece tan perfecto que casi no se puede pedir más» y, por lo mismo, al doctor Martínez le da por rememorar una evocación que lo entretuvo recién llegado a nuestros lares: «recién salido de Cuba, y una tarde vio atracar en la marina de Sitges un bote que lo remitió de inmediato a una secuencia para él inolvidable de A pleno sol, ese momento en que Alain Delon, Maurice Ronet y la rutilante Marie Laforet [poco rutilante en esta película donde pasa el rato sufriendo] llegan a un embarcadero y bajan al espigón, todo tan bello. Y recordó que en la película Delon lleva unos mocasines sin medias, como él decidió en ese instante que siempre se debía ir calzado en esos sitios de ensueño existentes en la realidad. La realidad de la parte del mundo que desde entonces sería el escenario de su vida.»

Esta escena no tiene ni pies ni cabeza y me pregunto cuándo pudo verse en Cuba películas como Plein soleil; de estreno no sería por la edad del personaje y las reflexiones de anticipada nostalgia capitalista son absurdas pretendiendo ser hedonistas.
Por cierto, que la necesidad –seguramente dictada desde la editorial– de llenar y llenar páginas, y la de quien escribió de darle un tono “elevado”, “literario”, lleva a frases como la que sigue, en la p. 308: «Horacio se empeñó en la búsqueda de algún indicio capaz de orientarlo hacia un descubrimiento que necesitaba y, a la vez, temía realizar»
.

Antes de este episodio tenemos a una de las protagonistas, «la que se queda en la isla acompañando exilios con la memoria, alimentándose de exilios y de fugas» [la playa, p.96], Padura se enreda en el tono caviloso y llega agotado a la p. 398, por lo que termina un párrafo «Porque nunca nos bañamos dos veces en las mismas aguas de un río, y si así fuera, resultaría demasido aburrido», que guarda cierto parecido con «también porque cada cierto tiempo vuelven las viejas olas en que nos bañamos una vez, y traen residuos que arrojamos, basura convertida en indicio de nuestros deseos». (LP, p.75), que Chirbes puso así: «Cada vez que se acaba una etapa de ideas más o menos racionales, vuelven las viejas supersticiones con renovada energía» (Crematorio, p. 93).

Hay mucho más, pero lo dejo aquí por hoy.

“Mar”, Jot Down 36

JotDown 36 cover

Ya ha salido el número especial, “MAR”, de Jot Down, el número 36. Estoy muy contenta de haber podido participar en este homenaje. Veréis que el resultado es excepcional, tanto en artículos, entrevistas y crónicas como en imágenes.
He contribuido con un extracto de la novela La playa (una sección que seguro que a Padura le resultará familiar y por eso la he elegido). Creo que el texto resiste bien el tiempo.

Os dejo con la banda sonora del fragmento, que una playa valenciana de 2002, antes del bombazo de la crisis era todo alegría y jolgorio y pereza política: 😀 😀

Fragmentos de un discurso amoroso

El valor y el interés de una novela crece con los ecos que es capaz de despertar, las reflexiones que detona. Así sucede con una novela breve que acabo de terminar, Los días perfectos, de Jacobo Bergareche, publicada por Libros del Asteroide (una editorial en la que no he leído todavía nada malo, ni siquiera aproximadamente malo). Aunque no es una novela redonda, lleva a recordar los amores de William Faulkner con Meta Carpenter y su nidito de amor en Hollywood –el ático del hotel representado en esta postal vintage–, que brinda la metáfora de todo el relato; las alusiones al Pedro Salinas de La voz a ti debida señalan otro punto cardinal del texto, en forma de misiva más o menos amorosa, y que en conjunto resulta una aportación contemporánea a un libro siempre moderno, Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes.

Mentira y verdad de una portada

 vérité-bardot-noir

Ahora que Ignacio Echevarría saca libro sobre Claudio López y todo son panegíricos sobre el editor, creo que merece la pena traer algunos recuerdos que, por razones que solo algún psicoanalista realmente bueno acertaría a explicar, quedaron relegados en mi memoria hasta hace poco, cuando he tenido demasiado tiempo para pensar. Echevarría afirma que mantenía Claudio “cálidas relaciones” con los escritores. Es difícil explicar cabalmente lo que sucedió porque corresponde a un momento de mi vida muy difícil. Algunos detalles de contexto. Sirva esta equivalencia: Rocío Carrasco está ocupando todas las portadas con el relato de su suicidio -afortunadamente fallido– por depresión prolongada y gracias a ella se empieza a hablar del tema; yo pasé un año entero comentando en mi entorno -que entonces era amplio y variado aunque también disperso fuera de Barcelona y de España- que estaba preocupada porque mi madre había escenificado un intento de suicidio y que tenía motivos para pensar que iba en serio, pero nadie me hizo caso; incluso la pseudopsicóloga a la que yo consultaba quincenalmente hablaba de fingimiento y la pobre imbécil no habló de “mitomanía” o de “narcisismo” porque estoy segura de que ignoraba los términos y los conceptos. Esto ocurrió en el 94 y en el 95 se suicidó. Otro detalle relevante que creo de interés para las personas que se encuentran cerca de otras con tendencias suicidas es que, al contrario de lo que se asegura últimamente, las noticias de suicidio sí provocan un efecto de imitación en personas predispuestas o que están en la llamada “fase de ideación”. Una tarde acompañé a mi madre al abogado que llevaba –supuestamente, ya que en realidad la estaba distrayendo y trabajaba a favor de la otra parte, el tipo al que abandonó en Sant Cugat, acusado por abuso sexual y violencia; condenado a la cárcel y que salió porque nosotras accedimos expresamente, a cambio de que no nos molestara más– el caso por la propiedad del piso de Sant Cugat. En un momento, el infame abogado comentó delante de mi madre que el hermano del sujeto en cuestión se había suicidado de equis manera al salir de la cárcel, donde estuvo interno por violación continuada (de su secretaria de la tienda de muebles de la que era propietario); según parece, en esa familia había cierta tendencia a la delincuencia. Interrumpí al abogado -tenía yo 33 años y me había quedado en los huesos, literalmente pues no llegaba a pesar 45 kilos, a causa del estrés por los impagos y retrasos, trabajando con editoriales y empresas de renombre más de 9 horas al día–, dije que de ese tema no se hablaba, conocedora del efecto mimético que tienen este tipo de noticias, pues este episodio se producía ya con posterioridad al simulacro de ella. Resultó que al cabo de unas semanas volvió al  despacho del abogado, se encontró allí a la viuda del suicida, quien le relató con detalle los hechos y pocos días después mi madre elegía el mismo método. Repito que en mi entorno, entonces bastante amplio y diverso, nadie prestó atención a lo que yo decía y el único que sí prestó oído no tardó en huir como seguido por el diablo. Las madres de todos ellos eran como muebles, era impensable que tuvieran una existencia propia o deseos al margen de los supeditados a la maternidad.

Ahora tengo que hacer una larga elipsis para relatar que estaba yo colaborando como free-lance en el Dpt. de No-Ficción cuando, apenas cuatro meses después de morir mi madre, el editor Antoni Munné empezó a hacerme insinuaciones que no tardaron en hacerse muy claras sobre qué quería. Mi entorno, al que conté lo que iba sucediendo, se mostró escandalizado y se hicieron comentarios tipo: “pero cómo puede pasarte eso a ti, una persona tan seria” “qué mala suerte, en este preciso momento, y a ti, precisamente a ti”. Planeta era la única editorial que por entonces pagaba a 15 días.

Para salir de esta situación, terminé una novela que llevaba ya cierto tiempo en el cajón y cuando tuve el comentario positivo de tres personas cuya opinión contaba, entre ellas la de Echevarria, me decidí a enviarla a un par de editoriales. Claudio López respondió a los 10 días del envío. Yo estaba acostumbrada a tratar con gente muy inteligente, en algún caso excepcionalmente inteligente, por lo que me chocó su manera de hablarme y de tratarme. Como sabía que Herralde no me iba a publicar –no soy una niña pija y mi novela no se enfocaba como historia culera, sino que trata de dignificar una experiencia de degradación en un caso, de anulación en otro–, cuando Claudio mostró interés me pareció que podía salir del agujero en el que estaba hundida. Enseguida me decepcionó: el contrato rácano, las prisas e impaciencias, los comentarios superficiales, las propuestas de corregir esto o aquello. Paso por alto también la “desaparición” del responsable de prensa, con los plantones que me dio, de modo que fueron las chicas de Anagrama quienes me aconsejaron cómo manejarme en la presentación de la novela. Esta no pudo ser más decepcionante, aunque ahora conociendo mejor el paisaje intelectual español no me extraña lo más mínimo.

Creo que en total llegué a hablar con Claudio no más de una hora sumando todos los momentos, incluidos los que tuvieron lugar por teléfono.
Y llego al tema de la portada. Tenía que llevar fotos para elegir la que iría al frente. Llevé dentro de un sobre para no extraviarlas unas siete u ocho, incluidas algunas que de ningún modo podrían servir para ilustrar nada. Entre estas, dos en las que mi madre aparece joven, veinteañera, en una terraza de la Costa Azul en una casa particular pues hay ropa interior tendida, demasiado grande para ser suya, y en una de las dos fotos, tamaño 13 x 18, que claramente formaban una serie de un carrete de 24 o 36 fotogramas, se la ve poco o nada favorecida, en un gesto como a medio acabar.  Lleva el pelo largo suelto, un pareo y está, por lo que sugiere la nota en el reverso, haciendo una imitación de Brigitte Bardot, la diva del momento y coetánea.

Las fotos estaban encima de la mesa, en la reunión estaba junto con Claudio el diseñador de la colección. Claudio señaló la foto en la que, insisto, no se la veía favorecida y dijo: “¡Esta, esta!” en tono de burla, el otro, del que no recuerdo ningún rasgo, se rió. Al cabo de unos segundos, Claudio se dio cuenta de que estaba yo presente y de que se estaba riendo de mi madre –él no sabía que se había suicidado, pues entre tantas cosas que Echevarria le pudo comentar sobre mí obvió este detalle, al parecer intrascendente– delante de mí, le dio un codazo al colega y recuperaron la compostura como chavales traviesos en un cole de curas. Enseguida, como al parecer era su costumbre, se levantó, dejó el asunto en manos del diseñador para que este continuara conmigo, y salió del despacho.
Ese era un buen momento para no publicar, me dije hace poco, salvo que el contrato ya estaba firmado y no era yo aficionada a los aspavientos y el fin último, que solo logré al cambiar de número de teléfono, era alejar a Munné.
Al cabo de unos meses, durante el brevísimo periodo en que hice lecturas para Mondadori, me dijo que tenía la foto de la portada, de la que el diseñador había  sacado una copia más grande y tratado con anilinas, y me la daba. Me sorprendí respondiéndole: “¡No, ¡quédatela tú!”. Como era también al parecer su costumbre, aunque a mí me sorprendía el trato, se medio enojó, la recogí, me la llevé a casa, la guardé no sé dónde y ahí perdida anda.

Como en ningún momento, ni  durante el proceso de publicación ni después, se habló en serio de la novela –por no mencionar las ridículas reseñas firmadas por Obiols y Santos en El País y ABC respectivamente–, ni se me trató como a una persona adulta, es natural que nadie sepa que el título, además de aludir a la idea de ficción, connatural a la mentira y a la fabulación, es simétrico de una muy buena película francesa protagonizada por Brigitte Bardot, La vérité [La verdad], dirigida por Herni-Georges Clouzot. Quien conozca su argumento y desarrollo sabrá que los paralelismos con mi novela permiten una reflexión sobre los juicios categóricos que hacemos sobre personas de las que disponemos de muy escasa información.
Si alguien se pregunta por qué no he publicado nada más, solo tiene que multiplicar escenas similares a la de la burla de Claudio y el colega por más de veinte años por todo tipo de personas y ahí tendrá una respuesta.

En cuanto al problema del suicidio en España y de la falta de ayuda y asesoramiento a los familiares preocupados y angustiados que, como yo, han vivido desde la infancia con personas de manifiestas tendencias suicidas –puedo recordar en detalle varios episodios–, que no recibieron diagnóstico, tratamiento ni, en consecuencia, seguimiento, lo más sensato es pedir al gobierno o a las autoridades locales que ofrezcan ya los recursos adecuados. Piénsese que las personas deprimidas que hacen varios conatos de suicidio, o amenazan con suicidarse repetidamente, provocan al cabo de un tiempo un efecto de insensibilización, no porque no importe el asunto sino, al contrario, porque conviene mantener la calma, algo bastante difícil cuando la vida de una persona joven, o menor de edad, lleva años condicionada por una amenaza inconcreta pero persistente.

Hay una petición en CHANGE.ORG que describe bien el problema. Yo he firmado.

El caso Mozarowsky como argumento literario

La novela lleva en portada un retrato de la actriz Sandra Mozarowsky: nada de alegorías ni de novela à clef

Advierto que no tengo ni sigo twitter, así que leí la noticia en prensa sin citas a las obras inspiradas en la atribulada vida de la actriz rusoespañola, pero mi reflexión continúa siendo la misma: lo de Etxebarría no tiene sentido porque, sea cierto o no lo que insinúa, le quita rigor a un asunto clave, el de defender la necesidad de una República española y acabar con un sistema obsoleto como es la monarquía. Ya se vio con la comparecencia de la infanta Cristina en relación al caso Noos. Lo que ella hace es trivializar el problema de fondo.
Si de lo que se trata es de denunciar la herencia franquista, bien podría empezar denunciando el peso formidable de los herederos del franquismo, disfrazados de progres de manera más o menos convincente, en el mundo de la cultura y, dentro de este, en el sector editorial. El que la aupó a ella con un libro falsamente rompedor que convenía corregir de arriba abajo para que se pudiera leer y publicar. Leí el original previo a cirugía y fotoshop, de modo que sé qué  digo.

Parece que se está dando aire a la última intervención en redes de Lucía Etxebarría en torno a la muerte de la actriz Sandra Mozarowsky, que se produjo en 1977 cuando tenía 18 años. Se le nota a la Etxebarría el rollo clasista cuando afirma que

Eso hizo que se corriera la voz de que era chica de alterne, pero nada más lejos de la realidad. Sandra era hija de diplomático y ella misma había estado a punto de cursar la carrera diplomática

Como si no se pudiese ser hija de diplomático y chica de alterne. Como si ser actriz dentro de películas deleznables para españolitos puteros y reprimidos, películas en las que había que enseñarlo todo y abrirse paso a base de visitar lechos de fulanos con edad para ser el padre de la aspirante a actriz no fuese sino una categoría apenas superior dentro del ramo de la prostitución. Y no hablo de la Mozarowsky sino del conjunto de actrices de la época tal y como estaban consideradas y como se presentaba la mayoría en las revistas.

Tiene razón Etxebarria en que S.M. era una actriz conocida, al menos para cinéfilos de todo pelaje. Que la conociera yo no ha de sorprender, pues todo aficionado al cine digno de ese nombre, menor de 18 años, se leía de arriba abajo el Fotogramas, dado que escaseaban las publicaciones de cine; también es habitual que las chicas jóvenes se fijen en lo que hacen otras un poco mayores. Estoy segura de que Sandra Mozarowsky fue una de las que adornaron las páginas centrales de desnudo –de las que me río en el relato publicado en Jot Down — y su físico y edad se adecuaban a los cánones del cine español del momento, muy influido por el cine europeo del despelote. Lucía Etxebarria relaciona la misteriosa muerte de la actriz, embarazada de cinco meses, con la relación que se le atribuía con Juan Carlos de Borbón. Concluye que al no haberse esclarecido el motivo de su muerte, la historia queda “para siempre como una historia de novela”. Me sorprende que no se mencione de inmediato en todos los artículos de prensa que ya se ha escrito por lo menos una novela en torno al asunto, la firma Clara Usón: El asesino tímido, [al que Lucía atribuye un título mucho mejor: El asesinato íntimo] y fue publicada por Seix Barral en 2018. Ni la editorial ni la agencia Balcells, que lleva a Usón, se caracterizan por su audacia en temas políticos y, sin embargo, ahí está en todas las librerías.

Así resumía la editorial el argumento: «El asesino tímido es una novela ambientada en la España de la Transición que cuenta una historia basada en el oscuro episodio de la muerte de Sandra Mozarovski, actriz del cine del destape, que supuestamente se suicidó. Hija de un diplomático ruso y relacionada con las más altas esferas, su caso nunca llegó a esclarecerse y conmocionó a la sociedad española de los años setenta. Este dramático episodio le sirve a la narradora para dar cuenta de su propia juventud desenfrenada.»

Transcribo además un párrafo muy elocuente sobre el tema que hoy distrae a las redes sociales, solo para demostrar que la autora de Beatriz y los cuerpos celestes podía haber hablado antes. Forma parte de la entrevista que Clara Usón dio a Ana Fernández Abad para El País semanal

«En su novela habla del rey emérito. ¿La monarquía sigue siendo un tema que no se toca mucho?
Sí, y hay que hacerlo de una vez. El rey emérito fue presunta o supuestamente amante de Sandra Mozarowsky. Eso le da un interés adicional a su figura y a su muerte trágica a los 18 años. Para mí fue un error de la Transición el someter a constante Photoshop al monarca. Es como el Dorian Gray de Wilde: él está siempre inmaculado y joven porque todos los estragos del paso del tiempo se plasman en un retrato que tiene oculto. Es necesario tener una jefatura de Estado sometida a controles. No puede haber impunidad, si hay indicios hay que investigarlo.
»

Dicho de otro modo: ya se disparó esa bala. No puede presumir Etxebarria de ninguna primicia ni de adelantarse a todos en sus insinuaciones /acusaciones. ¿Qué pretende al sacar de nuevo este asunto? No me importa lo más mínimo el destino del emérito, pero la intervención, el juego, de la Etxebarría queda lejos del periodismo de investigación, el único enfoque y método de trabajo que hoy tendría algún sentido.

En cambio, resulta muy arriesgado promover determinadas especulaciones, airear rumores sobre asuntos de tanta gravedad si no se pueden apoyar en datos que puedan convertirse en certezas porque la causa última de cuestionar con seriedad y eficacia la monarquía podría verse afectada.

 

Casavella en JotDown rescatado por Iwasaki

Portada de la edición “clásica” de Un enano español se suicida en Las Vegas.

Me he llevado una agradable sorpresa al descubrir hoy que JotDown publicaba una nueva serie de “rescates” firmados por Fernando Iwasaki y que la segunda temporada arranca nada menos que con el título con el que Francisco Casavella se puso de largo en Anagrama, Un enano español se suicida en Las Vegas.

Siempre me sorprende en Iwasaki no solo lo mucho que ha leído, pues se espera de un escritor y de alguien que se dedica a la enseñanza superior que tenga un buen bagaje, sino que parece haber leído un sinfín de títulos raros, de autores casi desconocidos pero de poderosa personalidad. Si no es que esa apariencia de personalidad interesante es la que acierta a perfilarle un excelente lector. El cruce de alusiones literarias, de influencias soterradas que Iwasaki detecta, no podían ser evidentes para un lector de a pie.

Me ha despertado las ganas de releer al enano y verificar el poso que dejan en la lectura los cambios que ha experimentado Barcelona, y no solo las modas literarias. Puestos a rescatar obra de Casavella, me apetecer volver a ver la película Antártida (1995), con Ariadna Gil y Carlos Fuentes dirigidos por Manuel Huerga, con guion de F.C. Lo interesante es cómo intentaba hablar de la realidad de la gente de su época y de sus fetiches, con la droga y los palos rápidos como  símbolos de los tentadores atajos, y a la vez conectaba con artistas con los que sentía afinidad o encarnaban sus propias aspiraciones y temperamento creativo. Basta para comprobarlo leer los nombres del elenco de actores y del equipo artístico de la película.

Quería hablar de Lumumba, pero…

adiós a Juan Marsé

El destino de los líderes de la descolonización africana en los ojos de Lumumba.

Con ocasión del 60 aniversario de la independencia del Congo –y para todos aquellos que necesitan urgentemente hacerse con una biografía de luchadores contra el racismo de toda la vida para estar à la page–, quería recomendar el libro El asesinato de Lumumba, que traduje hace tiempo para la editorial Crítica –por encargo de una de las mejores editoras con las que he tenido ocasión de trabajar, Silvia Iriso–, y que dejó muy satisfecho a su autor, Ludo de Witte, según me transmitió ella. También, de paso, recomendarle a Pedro Sánchez y a su equipo que lean, con urgencia, el libro Hombres blancos en los trópicos, de Erling Bache, porque encontrarán artillería de sobras para arrojársela a los políticos holandeses que pretenden humillarnos durante la negociación por la reconstrucción de la economía pospandemia… Encontrará respuesta contundente contra los “frugales”.

Pasa a segundo plano porque acaba de morir uno de los novelistas más significativos, y singulares de la segunda mitad del siglo XX, el barcelonés Juan Marsé, a los 87 años. Es cierto que se le han otorgado reconocimientos oficiales de toda índole, pero últimamente daba la impresión de que no tenía un gran seguimiento de generaciones posteriores para reivindicarlo.

Prefiero, antes que aburriros con mis recuerdos de mis primeras lecturas de Marsé —Últimas tardes con Teresa, que devoré con 15 años, ya en su séptima edición, y que Marsé me firmó, mirando el libro con asombro, o pasmo, 😀 😀 hará unos diez años o más, al terminar una conferencia en el Palau Macaya–, recomendar la lectura de sus grandes obras, especialmente Si te dicen que caí –de la que hubo adaptación al cine, no tan mala como el resto de las que se han hecho de sus novelas, protagonizada por una muy convincente Victoria Abril — con sus asesinatos truculentos, la miseria de los perdedores de la guerra civil y sus aventis, el retrato de la España de las clases menestrales, la riqueza de los estraperlistas, la miseria sexual y social del franquismo y la mitomanía salvadora del cine americano, sus grandes estrellas y héroes de una pieza. No he leído todo, faltaría más, pero para quienes tengan interés en conocer, además, el contexto de la época, recomiendo la biografía de JM. Cuenca, Mientras llega la felicidad, que completa la muy controvertida que Miquel Dalmau dedicó al poeta Gil de Biedma –ésta contiene, sin embargo, páginas valiosas sobre la amistad entre el novelista de barrio, inmigrante en París, y el poeta de rancio abolengo; Cuenca recoge fragmentos de las hilarantes colaboraciones del novelista en la revista satírica del momento (creo que era Por Favor); y sin duda también ayudan a comprender en qué ambiente intelectual se forja la generación de Marsé las interesantísimas Memorias del editor Carlos Barral, especialmente la tercera y última parte titulada Cuando las horas veloces, donde relata con detalle las batallitas para conceder premios como el formentor, de carácter internacional, o el Biblioteca Breve, que Marsé ganó en 1965 precisamente con Últimas tardes con Teresa.

¿Qué autores podrían reclamarse herederos de Marsé? Seguro que son más de los que suponemos. A bote pronto, entre los muy consolidados, seguro que Francisco Casavella y algunas de las novelas de Martínez de Pisón, como El día de mañana…
Y ahora llegó el momento de releer a Marsé
.

(Por cierto, hoy mi madre habría cumplido 86 años y también vivió en París sus mejores años.)

Barral, quizá ha llegado el momento de reivindicarlo

La emblemática portada con fotografía de Oriol Maspons:  la rubia que sonríe invitadora, el descapotable con asientos de piel… la toma cenital, detalles que delatan los anhelos y neuras de la cultura española progresista durante el interminable “final del franquismo”.

“Una mujer desnuda”, de Lola Beccaria, la larga huida de la realidad de la nueva narrativa española… en El Rinconete

Con este artículo termina mi colaboración con El Rinconete. Me apetece leer a autores extranjeros y continuar con otros temas que he tenido aparcados y también estoy obligada a aumentar mi solvencia económica [¿y quién no hoy en día?]
Quería subrayar que es de agradecer la libertad y confianza que el Instituto Cervantes –y dentro de él las responsables de El  Rinconete y [en su momento] El Trujamán– da a sus colaboradores para abordar diferentes temas relacionados con las culturas hispánicas. Trabajar sin censura y sin preocuparse de que el crítico estrella del periódico o revista donde colaboras te arrebate el libro del que ya tenías escrita la reseña, o el reportaje que llevabas haciendo varios años, como me ocurrió en el Culturas de La Vanguardia, ensancha el territorio de lo posible y da aire a los pulmones.

LOLITAS Y CARNÍVOROS

Una mujer desnuda, novela de la escritora Lola Beccaria (Ferrol, 1963) —doctora en Filología Hispánica, editora en 1996 de una obra perdida de Lope de Vega, El otomano famoso, autora también de La luna en Jorge (2001) y coguionista de Fausto 5.0 con la compañía La Fura dels Baus—, se publicó en 2004 en una editorial literaria y fue recibida por la crítica establecida con cálidos elogios.

▬No, Damián no era un pederasta. Era un ángel disfrazado de ser humano. Y ahora, de nuevo, venía en mi ayuda. […] Me había escamoteado la verdad, me había negado a mí misma. […] Había pisoteado una y mil veces a aquella niña que yo fui para convencerme a mí misma de que podía llevar una vida normal, como los otros. (p. 192)

Se advertía de antemano al lector que abordaba, con escenas eróticas muy explícitas, el espinoso tema de las relaciones sexuales entre una niña de siete-ocho años y un adulto de treinta y cinco —un médico, amigo de la acomodada familia de la cría— y de las que esa misma niña, ya adolescente, mantuvo con el padre de una compañera de colegio. También se informó de que Una mujer desnuda iba destinada en principio a la colección erótica La sonrisa vertical, que dirigía J. L. García Berlanga y publicaba la editorial Tusquets, colección que para las fechas de publicación dejó de existir.

El relato comprime en una larga noche la confesión de una mujer de cuarenta años, Martina Iranco, abogada y nada menos que ministra del Interior, impulsada por la noticia de que un prestigioso defensor de chavales explotados, Damián, su iniciador en el conocimiento de su auténtico ser, naturalmente a través del sexo, está acusado de pedofilia.

A la altura de 2004, a cuatro años de que en España estallaran las burbujas más visibles, la económica y la inmobiliaria, la publicación y la recepción de esta novela entraban de lleno en la autoindulgente consideración de la política editorial española establecida desde los años noventa: se buscaba una comercialidad sin ambages con el revestimiento de un estilo hecho de oficio y desparpajada aceptación del sistema; producciones literarias que la crítica de los grandes diarios leía y reseñaba sin mayores aspavientos, sin ahondar nunca en las contradicciones que definen a este tipo de novelas, a menudo obra de mujeres a finales de la treintena: la asimilación de corrientes que no pueden considerarse estrictamente literarias, tampoco de pensamiento, surgidas con la llamada «nueva narrativa», también tachada de light.

Si la literatura erótica tiene sus claves, sus clichés, y cuenta con que el lector los conozca —nadie espera que en un relato pornográfico los protagonistas expresen sentimientos profundos, se enamoren sinceramente (sea lo que sea lo que tal sintagma signifique), se casen en presencia de su familia y sean eternamente felices—, la novela de Beccaria utiliza tales claves y clichés en la parte de los escarceos eróticos de la protagonista y narradora —no solo de niña, también de adulta con sus guardas de seguridad y el plantel de maduros bien situados que puntuaron su escalada al poder— mientras por otro lado juega la carta literaria: la de las reflexiones de corte progresista, el autoanálisis y la interpretación de los orígenes de la conducta sexual, los traumas e inhibiciones según la más estereotipada tópica psicoanalítica.

Su lectura sugiere que los beneficiarios de las ventajas de la eclosión económica de la Transición, desde los años ochenta hasta la crisis del 92, habían asimilado que la realidad construida durante estos años de bonanza económica —periodo marcado, como recordará el lector, por el derrumbe del bloque soviético y la instauración del llamado pensamiento único— era «la realidad» y solo podían existir y ubicar sus argumentos en ese contexto políticamente estable donde no cabían ya grandes ni sustanciales transformaciones.

No puede sorprender que, en semejante marco de pensamiento sólido por único, al que paradójicamente un filósofo caracterizó por sus «relaciones líquidas», una novela erótica con la ambición fundamental de entretener y de excitar, con el añadido de un revestimiento ligero de crítica a la hipocresía general —qué hay más ligero que una crítica general— y a la represión sexual normativa, fuese leída y acogida positivamente, por una mayoría —como es corriente— de críticos varones, y presentada en determinadas publicaciones por colegas féminas de la autora cuya trayectoria estaba asociada a la precocidad literaria y al prestigio de la poesía y de la narrativa poética. Ni que se advirtiera que abordaba un tema tabú, como es la relación sexual con niñas realmente pequeñas, en un momento económico y cultural de holgura y autosatisfacción, cuando parecía que precisamente el único tabú pendiente de derribar en público, entre los sectores cultivados, era el de las relaciones consentidas con menores.

También es propio de la década, de esa corriente literaria española, que la mujer ofrezca su versión del tópico bien arraigado de Lolita —la púber protagonista de la célebre novela de Vladimir Nabokov—. Lo realmente paradójico es que en la novela de Beccaria la mujer toma la palabra para certificar el deseo fantasmático del varón. Por supuesto, no es este rinconete —ni ningún rincón en varios kilómetros a la redonda— el lugar donde se tramitan certificados de feminismo. Sí el lugar donde llamar la atención sobre cómo las fantasías de la protagonista se acomodan a las de radical sumisión en todas sus edades, desde criatura hasta mujer adulta en su cómico disfraz de ministra del… Interior.

Lo llamativo de la peripecia es que, si dejamos de lado los escarceos eróticos, no termina de quedar claro el mensaje político o moral que parece ser el detonante del relato y que desde la perspectiva de los quince años transcurridos desde la publicación de la novela, a la luz de la sacudida que ha supuesto la profunda crisis económica vivida en España y en los países del sur de Europa, resulta una confusa papilla de reivindicaciones en pro del despiporre sexual o del apoyo y rescate de los niños explotados… en países infradesarrollados.

Sí queda claro que desnudez es un concepto muy relativo; que, en una confesión que declara ser a tumba abierta, nunca caen todas las máscaras pues hasta la confesión más (se supone) escandalosamente reveladora sobre todo revela el contexto moral del momento. Y, en este sentido, Una mujer desnuda es una excelente instantánea de la autoindulgencia y autocomplacencia cultural que imperaban en la literatura española antes de la crisis del 2008.

Mª José Furió & El Rinconete – Instituto Cervantes

“Los bravos”, de Jesús Fernández Santos: cuando el lejano Oeste quedaba en la frontera de León con Asturias… en El Rinconete

Ya sabemos que la fama o el reconocimiento de un artista no dependen de su talento; a veces, la condición fundamental, tratándose de autores de muchas décadas atrás, es que el público tenga fácil acceso a su obra. Dejadme, entonces, que cuente cómo he llegado (al fin) a leer Los bravos, la primera novela de Jesús Fernández Santos (Madrid, 1926-1988). Tenía decidido leerla desde que vi su nombre junto al de los escritores más sobresalientes de la llamada «década de los cincuenta»: Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Alfonso Sastre, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo, etc. Todos ellos, también Fernández Santos, cuentan con una obra diversa y extensa, en géneros y temas. Los listados de nombres y comentarios críticos sobre esta época siempre mencionan Los bravos (1954) y la señalan como precursora del llamado «realismo social» o «realismo crítico», eclipsada pronto por el éxito de El Jarama. Por diversas circunstancias, incluido probablemente que el boom editorial que ha favorecido la resurrección crítica y comercial de varios de ellos se produjera en los años noventa, es decir, después de la muerte de Jesús Fernández Santos, este escritor tiene, en comparación, una pobre presencia en publicaciones de crítica literaria o en librerías.

Buscando la novela, y curioseando en ediciones de su no breve bibliografía, que incluye Los jinetes del alba, Extramuros, Cabeza rapada, Laberintos, Jaque a la dama, entre otros títulos, varios de ellos llevados al cine o adaptados a la televisión o premiados en concursos de prestigio, descubrí que las bien surtidas bibliotecas de Barcelona solo tenían un ejemplar de la novela que le dio a conocer, en la edición con prólogo erudito de la editorial Castalia —que es un indicio serio de consagración en el ámbito de la literatura española—. Esta biblioteca cierra todo el mes de agosto y yo tenía ya prisa. Antes de ir a buscarlo en librerías físicas o digitales ocurrió que, en un trayecto habitual, pasé por delante de dos establecimientos donde venden libros de segunda o enésima mano: el más nuevo, grande y molón estaba cerrado por vacaciones; el otro vende libros, muebles y objetos heteróclitos en horarios estrambóticos. El dueño del primero es un catalán que sabe que hoy se puede hacer negocio con los grandes títulos de la literatura universal. El del segundo es un africano que valora, literalmente, el libro por las tapas. Si el volumen está gastado, yacerá en el suelo junto al escaparate, para quien se lo quiera llevar. Ahí entro yo: suelo echar una mirada irónicamente conmiserativa al nombre de los autores: ay, vanidad de vanidades, ayer famoso, lucías en los estantes de la España desarrollista; hoy yaces desarrapado entre orines, polvo y colillas de marihuana. Dispersé en abanico algunos libros de la vieja colección Biblioteca Básica Salvat y ahí surgió Los bravos, en su primera edición de 1971 (y las Cartas marruecas, de José Cadalso, título que apenas dos días antes había decidido releer).

Ejemplar de la colección Salvat, muy difundida en los años 70. Lleva un prólogo esclarecedor y elogioso sobre el contexto editorial de Carmen Martín Gaite.

Cuando empiezo Los bravos ya sé que Fernández Santos fue amigo de los autores más representativos de la generación de los años cincuenta, a los que frecuentó; que abandonó los estudios en la Facultad de Filosofía y Letras, donde había hecho sus pinitos en la dirección de teatro con el TEU; que a finales de los cuarenta estudió realización en la emblemática Escuela Oficial de Cine; y que se dedicó profesionalmente a la dirección y realización audiovisual, sobre todo de documentales, para la televisión española. No sabía que el título de su primera novela no alude al mundo del toreo, como la proximidad temporal con la narrativa de Ignacio Aldecoa y su trilogía de los oficios invita a pensar, sino que es una expresión referida al carácter de los habitantes del lugar donde se desarrolla la morosa trama, una aldea de doce habitantes situada en la frontera entre León y Asturias, donde la tierra da para muy poco y se perciben las huellas, sobre todo económicas, de la pasada Guerra Civil.

Imagen de la frontera de Asturias con León. En la actualidad parece que hay problema de lindes. Foto del Diario de León, 2017.

La historia arranca in medias res con la llegada de un joven médico y un viajante; es un narrador omnisciente el que en discurso indirecto libre va presentando a los diferentes personajes —incluido algún animal—; destacan, además de los dos forasteros, el viejo cacique, Prudencio, que vive prácticamente aislado, en concubinato con la joven Socorro y enfermo del corazón; el viejo orden parece a punto de cambiar, no bruscamente sino por el signo de los tiempos, es decir, la atracción que ejerce «la capital» sobre los campesinos más decididos. Ahí está el avispado Pepe con su coche, y el dueño de la cantina y el de la fonda, o las mujeres ansiosas en su soledad, los chavales y las niñas que serán mujeres ahogadas en el silencio, y el chico enfermo, los guardas, los asturianos, el cura, es decir, un corte de vida de la historia rural española en la inmediata posguerra.

El autor en 1967, en un entorno rural.

El gran acierto, y posiblemente también la razón del olvido en que parece perdida esta novela, es la sencillez y naturalidad del lenguaje —rasgo que, por otro lado, ya hemos visto en los autores de esta generación—, estrictamente ligado a las exigencias de la mínima trama y al estilo objetivista, que el mismo autor vincula a la influencia de la narrativa norteamericana —Fernández Santos escribió que leían con sumo interés a los «menos maltratados por las traducciones»—, y a la necesidad de no excitar a la censura española.

Si bien el autor parece ausentarse de la narración, al no inmiscuirse con las habituales reflexiones que comentan el ser y hacer de los personajes, al no ofrecer tampoco apuntes históricos o biográficos, su presencia se detecta como la marca de estilo de todo escritor. En Jesús Fernández Santos la marca consiste en el talento para la elipsis y el montaje de las diferentes escenas y secuencias de un modo nítidamente cinematográfico. Describe los paisajes, especialmente el río, que tiene una gran presencia, los cambios de luz y las tonalidades de color, pero también describe los sonidos del campo, de los objetos, las voces, y no con un sentido únicamente pictórico, con el ojo adiestrado del cineasta, sino para representar la personalidad del paisaje leonés y su influencia en la psique de los personajes: el paisaje y el clima se imponen y a unos les ofrecen seguridad y compañía, a otros los abruman y los desgajan de la civilización. En menos de doscientas páginas no solo relata las costumbres del campo, también son significativos los desplazamientos fuera del pueblo: las montañas donde los pastores cuidan el ganado del señorito y la capital con su crecimiento, que abre la posibilidad de rápidos negocios, conforman un triángulo con la aldea, siendo la estación, la carretera y los caminos sus nudos de conexión.

Los bravos ha sido integrada en la corriente neorrealista por una parte importante de la crítica; sin embargo, a un lector atento no se le escaparán las alusiones a la narrativa norteamericana: ese «al otro lado del río, entre los sauces» (p. 19) es un eco clarísimo de Al otro lado del río y entre los árboles, título de 1950 de Ernest Hemingway. El argumento de dicha novela —un coronel cincuentón estadounidense se reúne con su amante de diecinueve años en Venecia; sabe su amor condenado, pues sufre del corazón— parece recreado en la relación entre Prudencio y Socorro, con el añadido de la diferencia de clase. Fernández Santos declaró como inspiración directa Santuario (1931), de William Faulkner, y aunque no resulte de entrada obvio, haciendo abstracción de los nombres y de nuestro conocimiento de la guerra civil española, la acción y caracteres, Los bravos bien puede leerse como un wéstern, aunque con menos disparos, y como la historia del héroe solitario —el médico—que se impone sobre el grupo, en un territorio hostil, por su presencia de ánimo y desesperada juventud.

© María José Furió & Instituto Cervantes- El Rinconete