Almudena Grandes

Una pena que no haya superado el cáncer, Almudena Grandes es la persona que una asocia a la vitalidad. Era como Balzac y de Balzac no nos importan las metáforas o la falta de ellas sino la arrolladora vitalidad que es capaz de trasladar a sus ficciones y cómo reflejan momentos clave de la historia. Se puede decir: no es escritor o escritora para mí, prefiero otros géneros, otros estilos, pero no tiene sentido denostarla como si ella hubiese intentado alguna vez el cambalache de creerse, qué sé yo, ¿Coetzee? ¿Dante? Forma parte del tipo de escritores que tienden puentes entre la literatura comercial y la gran literatura y que llevan a escritores, y a los lectores, hacia la literatura más compleja a fuerza de hacerles perder el miedo a la complejidad de la construcción literaria.
En la charla de presentación de su novela, La madre de Frankenstein –o cualquier otra–, es imposible no quedar prendados de su simpatía y de su apasionamiento por lo que cuenta. Al hablar de la locura en la España franquista, no puede obviarse a Carlos Castilla del Pino y sus interesantísimas memorias, Pretérito imperfecto, al que Almudena Grandes homenajea con su característica elocuencia.

 

 

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